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PERDIDOS LEYENDO TRADUCCIONES

Oswaldo Reynoso (Arequipa, 1931 - Lima, 2016)
El rock de Lima

Febrero (un día cualquiera). 

2 p.m. 

Metió las manos en los bolsillos y fue más hombre que nunca. 

“El semáforo es caramelo de menta: exquisitamenta. Ahora, rojo: bola de billar suspendida en el aire”. 

El sol, violento y salvaje, se derrama, sobre el asfalto, en lluvia dorada de polvo.   

-Cara de ángel- 

por CRISTÓBAL GAETE
Ilustración: Harol Bustos

 

En el bar de Palermo, Lima, dos jóvenes salen a la calle a pelear. Han pasado jabas de cerveza por una mesa que convocó Reynoso. Tras una discusión con su editor debía cambiar el nombre de su primer libro o abandonar la idea de publicar diez mil ejemplares. Ya es madrugada, esos jóvenes que se van a los golpes solo pueden existir en esos cuentos; intensos, arrojados y violentos, se sienten representados por primera vez, inauguran la comprensión de esa prosa inédita. Reynoso, en vez de entregarse a la pelea o quedar tirado borracho, espera el amanecer para visitar al editor, registrando la vida con distancia y cercanía, como lo hizo durante esos diez años de experiencia que sintetizó en algunos meses de escritura, para generar este breve y sólido debut.  

“Los inocentes” (1961) se convierte en “Lima en rock”, aunque con el tiempo recobrará su nombre. Es recibido con una polémica que Martín Adán, otro experimental, le adelanta a Reynoso al conocer esas cuartillas. Los billares, la cerveza y la noche son parte de ellas, pero también otros elementos que lo complejizan e impulsan a la etiqueta pornográfica que le signó cierta policía cultural, como en el relato “Cara de ángel”, donde un joven de cuerpo bello debe masturbarse frente a la collera, la forma de llamar a la pandilla en la jerga peruana. Es el homoerotismo en una literatura marginal de la que se espera un mundo machista, como sucede también en el “Rucio de los cuchillos" del Luis “paco” Rivano, de los clásicos de roneo de nuestro país, cuentos gemelos. Si bien es algo relevante la testosterona en la primera narrativa de Mario Vargas Llosa (que publica “Los jefes” dos de años antes), nunca deja de conducirse hacia la mujer, el objeto de deseo. Los deseos de los personajes de Reynoso pueden ser realmente objetos, un auto o una camisa en una vitrina que jamás se podrían comprar; en el reflejo hay hombres mayores y platudos que observan esos cuerpos jóvenes y ofrecen comprar la camisa por ir a encerrarse un rato. Reynoso se convierte en la voz de un pliegue urbano que no encontraría igual en el resto del modelo realista de la narrativa peruana. 

El rock y los signos de cultura de masas son fundamentales en los jóvenes protagonistas, como el orgullo cuando alguno de ellos aparece en el diario delinquiendo, pero también la envidia, porque representa el barrio que aplanan todos los días y noches. Cada uno de la collera recibe su desarrollo propio, así no tendría sentido leer “Los inocentes” como un libro de cuentos unívocos sino como relatos anudados, que acerca a los personajes o los deja actuar en las sombras, liberados para aparecer como parte del coro que es al final cada pandilla. Estos matices hacen más complejo y justo el fresco callejero. En ese sentido puede operar incluso mejor que una novela, mostrando el ánimo renovador que contiene, sino también en su estructura.

 

Nueve años después de “Los inocentes” aparece la novela “El escarabajo y el hombre”, que muestra la vida de la collera en torno al Palermo. Un largo monólogo fracturado en capítulos es recitado en el bar, oído por el alter ego del novelista que invita comida y cerveza a individuos que abren la vida de la collera, que reconocen en él la posibilidad de permanecer en la literatura. Son jóvenes igualmente extraviados, a los que se suman mujeres oscilantes en sus deseos de buena vida, diversión o riqueza. Los hombres sufren por ellas, porque si buscan la vida decente no tienen cómo sustentar sus deseos, están determinados por la clase; y si buscan esos recursos en la vida clandestina arriesgan pasar al encierro o morir en un tiroteo. Las mujeres terminan entrando y saliendo de la prostitución, ejecutando una vida sexual plena con los cafiches, no delimitada por el machismo latinoamericano que no considera su placer. En el perfil que traza Reynoso hay menos determinismo; una de ellas que resiente la vida que tenía con sus padres termina impulsando con su nostalgia otra vuelta a la delincuencia de su pareja, que llega forrado a deshoras, le tira los billetes y se va. Cuando él vuelve ella no está, y el dinero está intacto. No hay felicidad posible, sólo la frustración que es traspasada al narrador que no puede evangelizar sus ideas políticas de izquierda a sus interlocutores: 

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“(…) todo el santo día tendrá que estar viendo cómo se alimentan, cómo se visten, cómo se jaranean los bacanes con molido, y uno en su callejón comiéndose la mierda, pero, en las noches, en las esquinas, en el billar, las cantinas, todos los muchachos, ricos, mediopelo y pobres nos juntamos para hueviar y joder: ¿democracia?, ¿amistad?, no: se ve que usted no conoce ese ambiente: nadie tiene bandera (…) en la esquina de mi callejón tengo mi collera, ¿collera como collera?, no tanto: conocidos, ¿me entiende?, se me pasó la mano; Caimán; conocidos para el plan puteril y chichero”. 

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En el modo de pedir las cosas en esa cantina, o en la manera de machetear comida y bebida, está la forma de relacionarse en las calles, sin ninguna clemencia con el que está bajo uno. Esos jóvenes reventados esperan el amanecer para robarle la leche y el pan a un cholo que se va a trabajar, para después sentir culpa al recordar sus padres, que ven con espanto y precariedad que ni siquiera quisieron estudiar, absorbidos por el sinsentido.   

En los últimos años Reynoso visitó una ferias del libro nortina. Ya era un poco tarde, el mismo autor en la misma entrevista de youtube referida al principio, cuando el entrevistador lo introduce diciendo que los argentinos lo habían descubierto y comparado con Ribeyro y Vargas Llosa, reflexiona con tranquilidad que los libros tienen pies para caminar por sí mismos; quizá esos pasos algún día lleguen a Chile, deberían hacerlo. Tras esa visita reprodujimos una entrevista en este mismo suplemento (junio, 2011) que le hizo el narrador Rodrigo Ramos Bañados, en el que afirma escribir “para su gente”. Su gente: la misma que se agarra a combos por el título de su libro.   

(Publicado en la edición de abril 2018)