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PERDIDOS LEYENDO TRADUCCIONES

Hebe Uhart (1936-2018): las lecciones de una maestra

«Ni me aburro, ni me canso ni me irrito: debo acompañar a mis ganas de escribir, poner toda la energía en ese proceso de escritura»

por CRISTÓBAL GAETE
Ilustración: Harol Bustos

 

Cuando un escritor está viejo no hay nada, ni pensión ni salud ni ahorros. La prosa es cuestión de Estado escribió Juan José Saer, la escritura es dinero, y el mismo deterioro de la mente castiga la producción de palabras, además de que no se puede estar siempre en la onda. Lo punk de tirarse de cabeza a la escritura es el NO FUTURE implícito en una empresa guiada a la derrota. Todos los que admiramos mueren solos, porque al no gastar su cuerpo en esas otras labores, el cuerpo aguanta más que los afectos. Todos los vivos que admiramos se degradan, suerte de los que se fueron antes. Pero nadie quiere morir. Evoco dos viejos vivos que admiro, y recuerdo dientes quebrados, mala salud y una soledad que busca donde plegarse.

Quizá la enseñanza literaria sea una pérdida de tiempo para el proyecto personal, la obra, solo una forma complementaria de sobrevivir, pero no conocía un par de situaciones como las que vivió Hebe Uhart en sus últimos años y que podrían alterar esa idea. La escritora argentina, de un estilo particularísimo, hizo talleres literarios por años. Su alumna, Liliana Villanueva, asistió durante 10 años a ellos y sintetizó sus enseñanzas en «Las clases de Hebe Uhart» (Blatt y Ríos 2015, disponible en Chile).

Conocí este libro en las clases de una de las mejores escritoras de nuestro país, Alejandra Costamagma, destacada por sus alumnos entre las maestras de los programas académicos revisados en este suplemento el año pasado. Tras entregarnos dos capítulos le pedí fotocopiarlo en su totalidad, un poco enamorado del temario bajo el título de cada apartado, separado por guiones, parecido a los periódicos antiguos.

Gastaría más que toda la página en sintetizar todos los consejos, pero sí se pueden generalizar ciertos aspectos relevantes: el mundo está hecho de materia y no de ideas, y hay que tomar distancia del personaje del escritor para observar los detalles. Uhart, utilizando su formación filosófica,  utiliza la analogía de los aspectos cotidianos, lo que permite entender la labor a ras de suelo. Al borde de lo literario, indaga en la templanza necesaria para escribir. En la necesidad de trabajar hasta el final (como el epígrafe) y abandonar cuando se sufre:

«Estar a media rienda significa no estar demasiado eufórico, porque me saldrá algo que parece hecho por un borracho o un drogado, ni muy deprimido, porque veré el mundo tan negro que nada valdrá la pena, estaré en un estado de depresión que me impide mirar. Aprender a convivir con uno mismo sirve no sólo a la literatura, sino también en la vida, sirve para vencer esa dificultad, ya se trate de no encontrar la palabra adecuada o el mejor modo de tratar al perro. Al pudrirnos de escribir, empezamos a pensar que todo está mal, que nada nos gusta, que el texto nos está saliendo equivocado. No es bueno ser masoquista, hay que estar templado. Si no toleramos muchas cosas, es porque no nos toleramos a nosotros mismos. Y si no nos toleramos a nosotros mismos, no podremos escribir».

«Las clases de Hebe Uhart» no es un manual, sino que se escucha una voz  programática pero digresiva. Un monólogo que a veces se hilvana con una idea anterior, de otro capítulo, que cierra en todo el libro. Algunos lectores en plataformas de opiniones lectoras han criticado eso, pero es lo que lo hace humano, real. «El escribir genera problemas, no soluciones», explica la argentina.

 

Uhart admite que en el camino van a pasar cosas, no se arroga todo el control. La escritura es entonces indagación y no (solo) producto, y se aleja aún más de los programas de aprendizaje que buscan la ecuación del éxito. El mejor ejemplo es la relación crítica con la frase corta, tan usada como repetición de los modos traducidos. Frente a los altos precios de algunos talleres, no podemos culpar solo a los escritores, sino también a quienes le exigen resultado pecunario o de fama o de redes o concursable a la escritura.

La misma Villanueva ocupa su propia experiencia como insumo, Uhart la hace trabajar con modos que buscan indagar y encontrar su voz, la particularidad. Se detiene en la alumna que fue, mostrando cómo enseñar.

«El que empieza a escribir quiere poner todo. En vez de escribir sobre temas concretos, pone ideas, opiniones sobre el amor, sobre la libertad, sobre la muerte».

La sistematización de los apuntes permite conocer las lecturas a las que se conecta Hebe Uhart. Sus propios límites como argentina merecen atención, da énfasis a la literatura brasileña y uruguaya, hay referencias cubanas y peruanas. Es en parte canónica (Felisberto Hernández, Horacio Quiroga, Julio Ramón Ribeyro) y secreta (Rubém Braga, Juan José Morosoli). Se sabía nunca bonaerense, era de provincia, y eso le permitía la búsqueda de referentes en otras fronteras, otro aspecto a destacar enmarcada en una tradición muy potente pero endogámica. El portugués cercano es veces traducido por ella misma, con fines de enseñanza, porque es efectivamente el mundo que nos perdemos. Esta página que alega contra la traducción, lo hace contra la hegemónica. Y Uhart nos cuida, atajando las comparaciones de nuestros escenarios urbanos con los del primer mundo. Un barrio sórdido es distinto acá y allá, el adjetivo no aguanta la traslación.

Hasta los capítulos que dedica a la crónica conllevan desplazamientos absolutamente posibles. Contra esa figura que se lanza a lo exótico, propio del autor de transnacional o del cuico aventurero, ella va a Tucumán, Asunción o Córdoba. Va al archivo, conversa para oír, abandona sus prejuicios, no idealiza a sus personajes. Si bien considera a la crónica un género menor, lo practica ampliamente en los últimos años, en la libertad de los registros pequeños. El libro remata con dos ensayos de Uhart, que operan como un cierre del arco de las posibilidades de la prosa.

Si bien hoy la leemos compilada de transnacional o en las partes originales en ediciones de Adriana Hidalgo, la propia trayectoria escritural de Uhart parte con la autoedición. Viajó a Rosario buscando formas más baratas de impresión, tal como lo hacen hasta hoy algunos editores chilenos. Así parte la circulación de una obra éticamente intachable, que no necesita el show.

La segunda situación fue en sus últimos días. Sus enseñanzas, entregadas de forma nada prohibitiva, cosecharon algo inesperado. Sus propios alumnos se organizaron para acompañarla hasta el final, cuando ya estaba muy débil. Como lo puede hacer una maestra acompañando la obra.

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Decálogo (más uno) para los que van a escribir

  1. No hay escritor, hay personas que escriben.
  2. Escribir es una artesanía, un trabajo como cualquier otro.
  3. Para escribir hay que estar, como decía Chéjov, «a media rienda».
  4. La literatura está hecha de detalles.
  5. El primer personaje somos nosotros mismos.
  6. No importa el hecho en sí sino la repercusión del hecho en mí o en el personaje.
  7. Al personaje se entra por la fisura.
  8. Todo cuento tiene un «pero». El «pero» me abre el cuento.
  9. Hay que saber observar y escuchar cómo habla la gente.
  10. La verdad se arma en el diálogo.
  11. El adjetivo cierra, la metáfora abre.

(Publicado en la edición de abril 2019)