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PERDIDOS LEYENDO TRADUCCIONES

por CRISTÓBAL GAETE
Ilustración: Harol Bustos

 

Soy hincha de un club pequeño. Hay grandes, medianos (sin aspiraciones en Primera A) y los  pequeños, que se las pelan entre Primera y los potreros. A veces a los medianos les toca ganar algo, a veces los pequeños coquetean con la gloria, excepcionalmente. Glorias menores. Una copa Polla Gol, equivalente a la Copa Chile cuando era torneo de apertura, solo para equipos de segunda división. Ese es el mejor registro en Youtube de mi equipo: San Luis de Quillota. Cada tanto muestro mis cosas del club a mis amigos, camisetas o contraportadas de revistas Estadio, cada tanto algo me recuerda que soy hincha del canario. Hace poco fui a ver una exposición de artes y deportes y colgaba un libro de una pinza ploma, Parque Schott (Rocas Shop), de Antonio Duarte, que tenía un poema a Pindinga Múñoz, uno de los punteros en ese equipo glorioso de San Luis:

15

el pindinga muñoz es un crack de los 90

pasó por Osorno, por San Luis y por la Cato

veloz como un perro persiguiendo una bici

se comió la banda izquierda

ahora vive en un pueblo fantasma

 

Duarte escribe de visita todo lo que puede asociar a la cancha de Provincial Osorno, un equipo  mediano de los años noventa que desapareció del profesionalismo, sin entrar en el estadio. Otro texto sobre San Luis —porque hablar del equipo de provincia es hacerlo de su ciudad— está en Ciudad fritanga (Bifurcaciones), donde Juan Diego Spoerer escribe de Quillota.

«Desde el micromundo de una radio a pilas yo medía el universo, las ciudades y su circunstancia por las acciones en un estadio de fútbol. Ese era el centro neurálgico de la vida. Allí se congregaba la importancia ígnea de la existencia. En el Estadio Municipal hacía de local San Luis y allí defendía el arco Ricardo Storch, la araña negra chilena. Con mi hermano compartíamos la pasión por el arco y Storch encarnaba la destreza temeraria de un hombre en la soledad de los tres palos. Llegó el momento de bajarse del tren. Adentrarse en esa ciudad e ingresar al estadio. Pero quién mira una ciudad cuando el destino es un partido de fútbol. El estadio, el primero de mi infancia, no era un estadio. Era una cancha con tablones astillosos bajo una fila de álamos para mirar el espectáculo. Storch con sus soledad intrépida atajó toda la tarde (…)».

 

Tengo tres contraportadas de Estadio donde sale Storch, de 1962 a 1964, siempre con los brazos cruzados y uniforme negro.

Tras leer el texto de Spoerer le escribí para preguntarle si efectivamente había visto el equipo en esos años, me confesó que no. Para verdad hay otras cosas, como Largo viaje en busca del gol (2013), del ex presidente del club en el 2003, Mauricio Morales, que está tan lleno de anécdotas como de puntos suspensivos. Porque todos los puntos fueron importantes para volver al profesionalismo después de 13 años en el averno de la tercera división.

«…Al final la conversación terminó en el local comercial ´El Churrascón` de Quillota. Allí, con la ayuda de un par de completos y una gran porción de papas fritas, finalmente se logró llegar a acuerdo… Este pasó, como es lógico, por un pago aunque menor al que pretendía ´Chupete`…».

Ni siquiera pensaría en la conexión entre literatura y fútbol si no fuera por la revista deportiva El Gráfico. En casa no había muchos libros, mi hermano que trabajaba de chico llegaba con ellas. Los boxeadores eran todos épicos bajo la pluma de Carlos Irusta, cuando llegó el cable no eran ni la mitad de espectaculares. Me encantaban las historias de ascenso que solo ameritaban páginas a fin de año, e imaginaba a San Luis allí y a mi escribiendo más tarde esas páginas.

Hoy la revista está cerrada, al igual que San Luis, cumpliría su centenario este año. El equipo también está en peligro. Acaba de llegar un segundo entrenador a hacer la práctica en la misma temporada. El primero se quejaba del estado de las canchas, desconociendo los potreros donde se juega la realidad. Ahora tratan de echar a otro jugador de la casa. No saben cuán largo es el camino allá afuera y cuán corto es el olvido. La mejor jugada que vi en la cancha de San Luis fue de Guillermo Corominas: una tijera espectacular.  Por el mismo mal trato terminó yéndose a Magallanes y desapareciendo del profesionalismo. Esa tijera solo la vimos los 1500 que estuvimos en la cancha.

En Parque Schott, Duarte rodea la gloria al quedarse en la casa de la hija de un goleador de un partido extraordinario del local. En la mediana gloria de la provincia no hay olvido. Hace algunos veranos volví a comprar la revista de San Luis campeón 1980 y caminaba con mi hija volviéndome un cover de mí mismo, tomando un helado en la Plaza de armas de Quillota, pensando en Luis Enrique Délano siendo fotografiado con su sombrero. En eso llegó Pititore Cabrera, el goleador del equipo glorioso,que mostraba Quillota a sus amigos.

En Largo viaje en busca del gol aparece el mismo Pititore tratando de volver al club al profesionalismo con Pindinga en 1992, antes incluso del paso por Osorno. Entonces se jugaban cuadrangulares y Quillota hizo la fuerza para ser la sede. Si había formas de ser derrotados esa era la más justa, con la camiseta puesta, dignos y listos para pelear. Quiero que así me halle la literatura en el momento final.

Porque mucho de nosotros no quedará, de esto estoy seguro. En un asado con mi colega Cristian Geisse, en Vicuña, su papá cachó que me gustaba San Luis de verdad. Tomó el teléfono sin aspavientos y llamó al hermano de Rubén Rivera, uno de los goleadores históricos de San Luis en los años setenta.

El hombre, conmovido por escuchar de alguien de San Luis, me hizo llegar a casa una camiseta homenaje a su hermano, además de recortes de los años setenta. Uno de ellos es la formación sin más, jugaban con camiseta amarilla y shorts negros. Ni insignias ni auspiciadores. Detrás, la tribuna Pinto del estadio viejo, su pasto algo imperfecto, el que podía sentir en los pies al final de los partidos, el que te enseñaba que parar la pelota no es fácil. Hoy es otro estadio y su pasto es sintético, una locura considerando el entorno natural.

En el libro de Morales cuenta cómo el presidente histórico de San Luis absorbía todas las deudas, un turco al decir de mi mami, y Calera, el archirrival, siempre fue de los turcos. Hoy que ambos clubes los manejan dueños argentinos que viven lejos, nadie sabe qué sucede. Otros equipos como San Felipe o Rangers, que a veces tenían algo que decir en los campeonatos de arriba, parecen zombies del ascenso bajo el mismo modelo.

Y yo no quiero serlo. Alguna vez leí que Nick Hornby decía que su destino estaba vinculado al del Arsenal. No leí el libro, no leo traducciones, pero sí creo que los hinchas viven eso. Recuerdo tener la absoluta certeza de que algo bueno me iba a pasar cuando la juvenil de San Luis ganó la copa Nike y fue a jugar al teatro de los sueños contra grandes clubes del mundo.

El recorte que más cuenta de la vida de Rubén tribilín Rivera lo fi rma un tal Lucio Fariña Fernández. Así se llama el estadio de San Luis ahora, un estadio precioso que en vez de recordar a un jugador elige un periodista e hincha que acompañó al club toda su vida. Para él no fue nunca necesario salir de la provincia, para él no hubo jamás un estadio más grande.


(Publicado en la edición de agosto 2019)