Reseña

Trópico

JUAN MALEBRÁN
Aparte 
63 páginas

por MATÍAS ÁVALOS

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Octavio Paz es demasiado conservador como poeta para producir un corte con la lengua castellana y lograr que en México se  escriba poesía mexicana, dice el poeta Hugo Gola pensando en el influjo de emancipación de la lengua que tuvieron tipos como Vallejo, Huidobro o Borges para Sudamérica, una puesta en lenguaje de las independencias declaradas 80, 100 años antes de la aparición de los libros fundacionales de estos autores mencionados. Pero pasan los años y lo que es un problema para una poca deja de serlo, por inconsciencia o desdén, para otras. Sobrados son los ejemplos de poemas que serían celebrados por la rae en su pulcritud sintáctica, en su uso de palabras castellanas y, lo que es peor, de formas castellanas de disponerlas. Por suerte todavía se escriben libros como Trópico, de Juan Malebrán; libros con el oído puesto en el lugar que se habita, con los pies puestos en el lugar que se habita, con el pensamiento puesto al rededor del problema de habitar un lugar.
Este reseñador inmigrante vio su  lengua materna [especulativa, ensayística], modificada por el idioma comprimido [como un verso, poémico], que se habla en Chile. Como en la niñez, la sonoridad de las palabras, sus raíces que abren posibilidades de juegos y asociaciones insólitas, volvieron a tener la densidad material que en un momento perdieron por ese riesgo reaccionario que implica acostumbrarse. Es una de las mejores cosas que le suceden a un migrante, si antes no lo era por la totalidad de la costumbre, a partir de sumergirse en otro idioma, el lenguaje se vuelve todo lo material que puede ser, recupera la situación crítica que jamás debió haber perdido:

«De todos modos/ no hay/ manera de evitar el riesgo/que suponen ciertos territorios // —urticaria y necrosis—// los dominios del ciempiés o / el vello de la apasanca/ (bol. pollito, tarántula) // mañas aprendidas en terreno / prácticas imposibles /sin holgura // porque no hay manera/ una vez que la boca se llena de mosquitos// quizás en eso consista hablar claro [...]».

Trópico está dividido en tres secciones, «Palo diablo», «Postal » y «Caserío». La primera lleva el nombre de un árbol, hogar de hormigas voraces. Aparece cuando se lo googlea es un video de un ladrón que, en Bolivia, fue atado por vecinos a ese árbol mientras lo interrogan [con la venia de la policía que participa como uno más en la turba] sobre sus cómplices. En un momento el policía dice: «Nadie no te va a soltar hasta que no hables». No hubiese citado esta detención ilegal si el paco no hubiese tirado ese verso plagado de negaciones, ese uso inaudito del idioma. Los poemas de Trópico avanzan por esas «desviaciones de la lengua» haciendo hincapié en la ceguera que un poeta ya le advirtió al poema. Esa ceguera o presbicia que «incita a pensar un viajero / cargando un par de binoculares / con los lentes llenos de rayones», hace posible alumbrar dos cosas: porque el poema es ciego puede ingresar a las cosas, a diferencia del pensamiento que siempre llega a la superficie, la famosa paradoja de que si pensamos el agua no sobrepasamos características, y si pensamos en qué la constituye —hidrógeno, oxígeno— el agua y sus propiedades desaparecen. Pero el poema también padece de hipoacusia. Cuando Vallejo en el inicio de Trilce pregunta «Quién hace tanta bulla, y ni deja/ testar las islas que van quedando» no describe la bulla, el poema no es sonido sino ritmo porque es un adentro del lenguaje, el sonido implica estar fuera, ser receptor. Eso le importa a Malebrán, y nos lo avisa desde el epígrafe de Raúl Otero: «Todo es potencia y ritmo, voracidad y hartazgo». Trópico es un libro que nos permite «Perder el rumbo, entre los catos de una lengua como una trampa tendida en complicidad con la noche».


(Publicado en la edición de octubre de 2019)