Reseña

La trayectoria de los aviones en el aire

CONSTANZA TERNICIER
Libros del Fuego

por HUGO HERRERA PARDO

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La estrategia narrativa con que se abre esta reeditada novela de Constanza Ternicier —se publicó originalmente el 2016, también ha publicado otra novela, Hamaca (2017)― es atractiva y amplia en posibilidades. El grado cero de la narración de La trayectoria de los aviones en el aire coincide con el momento en que la protagonista del relato, Amaya Tripet, una estudiante chilena residente en Barcelona, despierta luego de un coma inducido en un hospital público de Londres. El avance de lo narrado se encuentra entrelazado a la reconstrucción de los momentos que preceden al problema neurológico que la aquejó y condujo a un estado de convalecencia, y con ello, entre otros elementos relevantes, al trazado paulatino del personaje de Aleix en la reciente vida amorosa de la protagonista. A la vez, recorre este avance narrativo el hecho de que los médicos tratantes no proporcionan con certeza un diagnóstico que explique lo sucedido. Como se aprecia, la estrategia empleada entonces consiste en establecer un juego de simultaneidades entre lo que se narra y la narración. Una trama que se desteje hacia atrás para construirse hacia adelante o, para seguir la imagen de su título, una trama que se va construyendo mediante sucesivos despegues y aterrizajes, estando enmarcada, a su vez, por una situación de absurdo. Como enuncia en cierto pasaje la voz narrativa «Venir a dar a un sanatorio. Y pensar que esto era un viaje de placer: pasar semana santa en París y Londres, aprovechando las ofertas de los vuelos low cost y la oportunidad de estar tan al otro lado del charco. Unas cuantas vueltas por el aire, sucesivos despegues y aterrizajes, te habían terminado depositando en un hospital. Resultaba irónico, Amaya. Era el trip más extremo que te podrías haber pegado. La locura es un exilio y esta extraña enfermedad también» (78). La convalecencia se vive como una ironía y en esta figura encuentra uno de sus modos paradigmáticos en la trama penelopeana. De hecho, para el filósofo y musicólogo Vladimir Jankélévitch, quien escribió un relevante ensayo sobre el tropo de la ironía, la mayor característica de esta es que «hace y deshace constantemente su tejido de Penélope, su labor siempre recomenzada; del derecho o del revés, nunca deja de hacer».

Pero no es solo por lo mencionado anteriormente que la estrategia narrativa desplegada contiene amplias posibilidades. También lo es porque el relato se presenta estrechamente imbricado a epígrafes que corresponden a temas musicales, de diversas épocas y estilos, desde The Beatles a Sigur Rós, desde Chopin a The Roots o Red Hot Chili Peppers, entre otras tantas menciones dentro de un variado repertorio. Cada capítulo, que a su vez corresponde a cada día de convalecencia (además de la noche del día cuatro y un capítulo final de título Días ulteriores), se encuentra precedido o más bien enmarcado por esta elección paratextual. Su lectura nos predispone ante una escena, con elementos que están tanto dentro como fuera del libro. Esta opción densifica en sucesivas capas los sentidos que pueden contenerse en la novela, ya que un elemento que caracteriza fuertemente a las preferencias musicales es que estas transportan en sí una carga emotiva y perceptiva que se encuentra irremediablemente impregnada a una vida. Si asumimos que recordamos cosas que consideramos importantes, la elección musical es, por ende, una poderosa experiencia vital, a la vez que social, ya que crea vínculos una vez que la compartimos. Al encontrarse vinculada a amigos y familiares es, en definitiva, parte constituyente de nuestro propio proceso de identificación. La elección musical se halla entrelazada, además, a la formación de nuestros esquemas cognitivos y perceptivos, es decir que, por otra parte, estructuran nuestros modos de comprender. Sonidos y sentidos que reverberan estructurando nuestras experiencias y percepciones. En el caso de la novela, las distintas canciones se hallan ancladas a la trama penelopeana que se urde.

Para el neurocientífico y músico Daniel J. Levitin «Los tipos de sonidos, ritmos y texturas musicales que nos resultan agradables son en general ampliaciones de experiencias positivas previas que hemos tenido con la música a lo largo de la vida». En la novela, las preferencias musicales que van apareciendo capítulo a capítulo disparan este tipo de experiencias (algunas positivas y otras que no lo son tanto) permitiendo agregar al presente narrado hechos del pasado de la narración, además de pasiones y percepciones que contribuyen a trazar un perfil de Amaya, de sus padres, de Aleix, de la relación amorosa entre este y aquélla, así como de otros personajes y de otras situaciones anudadas en la novela.

Sonidos, ritmos, texturas y tonos. El texto recurre a varias de estas posibilidades ofrecidas, como por ejemplo la narración alternada entre voces narrativas que oscilan entre la segunda y la tercera persona, la introducción en el relato de otras texturas, como correos electrónicos o el diario que lleva el padre de Amaya, en particular las entradas en que se registra la experiencia londinense, el trabajo sostenido de un tono feliz con el que se cuenta la convalecencia, elemento que se haya quizás entre los rasgos más singulares de La trayectoria de los aviones en el aire. Un tono alejado de la conciencia de la muerte, porque como se dice en un pasaje de la novela «La muerte está en otra parte» (109), y que puede ser reconocido por su levedad (construida mediante juegos de lenguaje como la recurrencia al inglés o el uso de diminutivos), o por su humor (aunque, por cierto, se cae en algunos momentos en lugares comunes), ya que, como se lee en cierto momento del texto «No hay nada más llevadero que la risa. Las cosas pueden volverse livianas, aunque en realidad pesen» (131).

No obstante lo anterior, este abanico de posibilidades no se encuentra aprovechado del todo en la novela. Valiéndose del sustrato musical en el que se apoya, el texto habría ganado bastante si hubiera profundizado en, por ejemplo, diversos ritmos narrativos y tonos discursivos. De hecho, ese tono feliz ante la convalecencia que se presenta como uno de sus elementos más singulares habría adquirido mayor potencia si en determinados pasajes se lo hubiera puesto en tensión con contrapuntos que le terminaran proporcionando un mayor trabajo con las extrañezas que habitan aquello que se devela, matices diversificados ―variaciones, para ocupar otro término musical― al entramado del relato, el cual, después de todo, se encuentra en correspondencia con esos «extraños recorridos que los virus y los aviones hacen en el aire».

(Publicado en la edición de marzo de 2019)