Reseña

El sueño de un hijo con la letra A

DAVID VILLAGRÁN
Cástor y Pólux
71 páginas

por MATÍAS ÁVALOS

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La cumbre de la filosofía occidental del período de entreguerras concentra sus investigaciones en el ser [ejemplo: amor / parentalidad], figura paradójica que subyace a todos los entes [ejemplo: amantes / hijos] y que siendo el más universal de los conceptos, es el más oscuro. Antes de seguir, cedo al mandato informacional para decir de qué se trata El sueño de un hijo con la letra A: diría que es un viaje hacia ninguna parte de un hijo antes de serlo, desde la perspectiva de un padre antes de serlo. «Ninguna parte», como «ser», y como toda situación que valga la pena investigar [con ese bisturí del lenguaje que es el poema] no debe ser entendido como una especie de vacío [en el vacío el sonido no viaja y el libro es pura música] sino como esos agujeros negros que empiezan como manchitas en los potentes telescopios para, más tarde, crecer y devorar galaxias. David Villagrán, desde el epígrafe, deja claro en qué consta su Trinidad [el padre, el hijo y el poema] pero también qué tipo de pacto lo sostendrá: «[...]una alianza / que yo no sea nadie / que tú no seas nada» (pág. 9).

Estrictamente todos los materiales que nos constituyen y que constituyen lo que nos rodea viene de piedras espaciales mezcladas con agua, el cliché polvo de estrellas es exacto, aunque prefiero la palabra aserrín.

El poema también está hecho de una serie de materiales entre los cuales podemos separar contenido [temas, tipo de palabras] y forma. Villagrán trabaja con esto, no hace del libro una serie de confesiones sobre qué implica ser padre, ni hijo, lo cuál sería caer en el error habitual de negar la crisis entre lenguaje y mundo, como si el poema fuese algo a priori y dependiera del fondo. Si el lenguaje no puede cruzar el camino sin rodeo [Montalbetti dixit] es capaz de otras cosas interesantes, como hacer caso omiso a límites físicos [el tiempo y el espacio]. El libro se desarrolla en un meta-tiempo y su escenario es estelar, «el cielo era una arteria» y el «hijo de un único brillo / en posición fetal / con una espina en la boca / con un solsticio por dentro». Heidegger en El ser y el tiempo llama a esto curarse del tiempo: Siendo con otros, dice, se mantiene en un estado de interpretado, medio que es articulado en el habla y expresado en el lenguaje (pág. 438).

El viaje hacia el origen, del hijo, del padre, del poema, de la lengua, se sostiene con palabras cercanas que producen una semántica opaca y alcanza, apenas, en el mejor de los sentidos, luz suficiente para articular [promover] señales que, sin explicar, contienen a quien acompaña, es decir, al lector. Una señalética rigurosa pero contemporánea ¿pero?— sí, pero, que acá quiere decir lo suficientemente volátil para ser como hay que ser en la parentalidad —y en la escritura—, andrógino: «tomo una forma de hembra / tú tomas los ojos / de tu madre / sus dedos / que caminan por el cielo / sus latidos / que te arrullan en el aire».

Esa volatilidad no se agota en la —biológicamente hablando— perspectiva del género, una escritura contemporánea también necesita hacerse cargo del lugar de representatividad [privilegio y condena] que tiene el hombre, con minúscula, en la Historia, con mayúscula. El lugar del padre, en el discurso patriarcal, es el lugar de la ausencia, la frase «ya vas a ver cuando venga tu padre», como dice el filósofo argentino Agustín Valle en su libro Cachorro, breve tratado de filosofía paterna, muestra un tipo de paternidad vertebrada por tres elementos: la ausencia, la ley y la realidad. Al llegar, no estar —ausencia— el padre representa la encarnación de esa abstracción inapelable que es la ley —el castigo— a la vez que la bisagra con el exterior. De alguna manera hay que poner el cuerpo, y si los hombres somos adeptos a las abstracciones que nos mantuvieron dueños de los privilegios históricos, entonces que las abstracciones pongan el cuerpo a ese peligro de la ley, el orden y la realidad, para invertir la relación cognoscitiva que tenemos con esos elementos, de forma que, si no somos nosotros, que sean esos otros en los que de alguna manera somos —los hijos— los que la inviertan:

«un ángel te abre la puerta / y arrancas de su mano / el arma con que huyes / distintas noches / un juez un rey y un cazador / se recuestan en tu oído / se mueven con tu voz / la presa que lamentas / y disfrutas / te acaricia / pone algo mío / en tu castigo / padre / no he nacido / avanzo / a través de tu columna» (21)

El meta-tiempo mencionado arriba queda explícito, todo esto sucede antes del nacimiento. Lo político está en desobedecer a la triada del poder y lamentar la presa que disfrutas, porque todas las especies se consumen entre sí, pero solo las peores celebran el consumo. Como dice la filósofa belga Vinciane Despret: «la vida podrá contar por la tristeza a la que uno se compromete. Tomar el riesgo de la vulnerabilidad frente a la tristeza con el fin de que unas vidas vulnerables cuenten para algo, que cuenten como vidas».

Pero, aunque el libro permita estos alcances político-filosóficos, es un libro de poemas y los poemas están hechos de versos. En el caso de David Villagrán asistimos a unos sin aristas filosas, pulidos, casi siempre regulares y de extensión mínima, ninguno sobrepasa las 9 sílabas, la mayoría se dividen en versos de 3-6-7 y 9. Su opacidad, su tendencia a la melodía —antes que decir, cantar—, la música que se desarrolla en el libro «con el rigor / de una ofrenda», hacen que uno, o mejor, que el oído de uno, no solo reconozca sino que agradezca el trabajo formal entre tanto palabreo y griterío. Mi preferido:

«invierno / invierno / invierno / cuando da coces / cimbra el cielo entero / cuando orina llueve en el silencio / no le dirijas la palabra / no te apuestes a sus belfos / el animal entra en la voz» (43)

En términos metafísicos, hay una crisis  —como mínimo— representacional en el lenguaje, cuando el poema demuestra cómo, a pesar de ser construido con palabras cercanas y con una sintaxis correcta, el sentido no se encuentra sino ocasionalmente con su objeto, radicaliza esa crisis y surge la posibilidad de que este nos dé lo mejor que tiene. Pero y porque la perspectiva es el principio de delimitación del objeto de estudio, la existencia de esa crisis no quiere decir que haya que abandonar la disputa por la representación en el ámbito discursivo. Mi advertencia de comienzo de texto la borro con el codo: sí, es importante meterse en camisa de once varas para pensar orgánicamente qué es ser padre, sobre todo porque un libro con la palabra hijo escrito por una mujer solo sería leído en esos términos.

Entonces, simultáneo a la calidad formal, El sueño de un hijo con la letra A interviene, con el tono calmo y respetuoso de quien apenas puede ofrecer su verdad vulnerable —la que le corresponde, sin arrobarse ningún protagonismo— en una discusión, en una disputa por y contra el régimen visual que condenó históricamente a ese imaginario a la mitad de la especie.

En la última página, como poema apropiación pero también como epílogo, un grabado de Simone Cantarini: el ángel de la guarda camina con un niño señalando algo en el horizonte, entre las nubes, sobre una montaña. De la boca parecen salir palabras, instrucciones, podemos pensar. Eso, ahí está el futuro, en esas palabras iniciales, originarias, formativas; con cuidado, retrasando la certeza, arriesgándose a la vulnerabilidad del poema. Se va a caer.

(Publicado en la edición de marzo de 2019)