Reseña

Polvo de ladrillo

Andrés Urzúa de la Sotta
Pez espiral
82 páginas

POR HUGO HERRERA PARDO

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El neoliberalismo ha necesitado como condición indispensable para su despliegue la consolidación de una subjetividad basada en una alta autoestima, cuya instancia superyoica esté signada por el éxito, por el dominio de la competencia. Hay una discernible cadena articulada de significantes operando a ese nivel, incrustada en el lenguaje cotidiano y en el imaginario neoliberal, definiendo identificaciones y modos de relación: emprendimientoempoderamiento-resiliencia-coaching… De ahí la trascendencia que puede tener el fracaso o la derrota como significantes disruptores, con potencia para poder disputarle al neoliberalismo su instancia superyoica, para disputarle su imaginario y su lenguaje, su construcción de subjetividades y sus modos de ser con los otros. En ese horizonte de sentido irrumpe Polvo de ladrillo de Andrés Urzúa de la Sotta, quien ya venía merodeando las significaciones emanadas de la vinculación entre el fracaso o la derrota deportiva y el lenguaje poético en la antología por él dirigida, Selección nacional (Pez espiral, 2018), la que incluía textos exploratorios en esa línea sobre deportes tales como boxeo, ciclismo, ajedrez, halterofilia o (cómo no) fútbol, entre otros.

En esta ocasión Urzúa de la Sotta se enfoca en el tenis, lo que singulariza la disrupción del éxito en varios sentidos, más allá de que el libro posea como epígrafe una célebre frase de Marcelo Bielsa, quien, por otra parte, es una de las figuraciones críticas recientes mayormente posicionadas con respecto al exitismo en el imaginario neoliberal nacional. Porque si el éxito tiene como algunas de sus particularidades el crear una zona de hendimiento que separa entre victoriosos —siempre los menos— y derrotados, a la vez que, además, tiende a borrar las clases sociales, el tenis se cuenta, en la historia de este país, como el deporte más exitoso, a la par que uno de los más signados por una notoria estratificación de clase, borrando, en sus momentos de triunfo, sus líneas divisorias, resultando sintomático que sea conocido como «el deporte blanco» (el hablante del poema «Club de campo» sentencia: «Mi-/ les de ladrillos destruidos. Cientos de viviendas sociales/ que no llegaron a existir para emplazar estas canchas/ burguesas, dispuestas para el ocio de la gerencia y para/ mi feroz aburrimiento»).

Para Bielsa, el éxito es deformante mientras que el fracaso es pedagógico. El éxito deforma el «yo» hasta un narcisismo que puede ser exacerbado, en tanto que el fracaso presenta una oportunidad para repensar éticamente el «ser en el mundo». ¿Cómo acercarse poéticamente, desde el imaginario del tenis, a esta pedagogía del fracaso y la derrota, combatiendo la fantasmagoría del éxito? Andrés Urzúa de la Sotta despliega varias estrategias. Primero, le sustrae al tenis su dimensión épica, triunfalista y desnaturaliza su operación política de borrar las clases, al yuxtaponer al imaginario —sobre todo nacional y local— del tenis aspectos trágicos y contramodernizantes de un pueblo en particular: Limache; estructurando el poemario a partir de acontecimientos de profunda violencia como la tragedia ferroviaria de Queronque o la protesta contra la dictadura de Pinochet durante el match de Copa Davis entre Suecia y Chile en Bastad el año 1975 (en el libro se incluye el icónico afiche Stoppachilematchen de Kjartan Slettemak, hoy en el mssa), con respecto al primero de los aspectos señalados, o presentando imágenes ligadas a Limache distantes de la modernización estándar, con respecto al segundo. El libro-objeto se estructura en cinco sets, el primero de ellos trascendido por el trágico suceso ocurrido en Queronque, a mediados de la década de los ochenta, titulándose los textos contenidos en aquella sección con nombres de las víctimas de esa tragedia, mientras que los títulos de los poemas que integran el «segundo set» poseen nombres de figuras del tenis nacional, pero ninguna de ellas de primera línea. En el cuarto set también encontramos nombres propios conectados a la historia o la memoria, no obstante el poemario no despliega voces, tonos y ritmos heterogéneos en relación a lo que atraviesan. David Foster Wallace en su ensayo The string theory (además, hay un volumen con este título que contiene todos sus brillantes escritos sobre este deporte) escribió que el tenis era el deporte más hermoso que existía, entendiendo por tal una belleza metafísica, en el sentido de poseer abstracción, formalidad y un alto nivel de exigencia. Distante de este tipo de belleza metafísica, Urzúa de la Sotta opta por acompañar su cuestionamiento de la épica en el tenis con una opción material plasmada en la ejecución del libro como objeto. Estamos ante una muy cuidada edición de 12 x 25 cm que, además del afiche de Slettemark, dispone un conjunto de imágenes integrado por portadas de prensa alusivas a la tragedia de Queronque, fotografías o páginas con fondo negro con instrucciones relativas a la construcción de una cancha de ladrillo.

Entonces, ante el cerramiento de la racionalidad neoliberal en torno al núcleo individualidad-propiedad-libertad, en consonancia con los relatos individualizados del triunfo en deportes como el tenis, Urzúa de la Sotta parece condensar la metaforización de la superficie en que se inscribe este juego, el polvo de ladrillo, en torno a la impregnación. Son varias las metáforas extraídas de la superficie en que se desenvuelve el tenis, empleadas en el poemario para dar cuenta de esta impregnación de la tragedia local o la derrota nacional a una poetización no épica del tenis. Por una parte nos encontramos con metáforas de inscripción en el polvo de ladrillo, tales como la aprehensión paradójica de la ruina del progreso («A medida que el pueblo se fue/ modernizando, las grietas en/ la superficie de la cancha se/ multiplicaron»), como metaforización de lo que se pierde en la memoria dejando de tener lugar en ella («Al/ igual que las huellas que los/ tenistas borran con las suelas/ de sus zapatos, cientos de re-/ cuerdos desaparecerán»), como relevamiento del silencio en desmedro de la euforia (como en el poema: «Lo primero que debes aprender en una cancha de tenis/ es el silencio») o de la superficie tenística como página en blanco («La cancha de tenis es una página en blanco. Los tenis-/ tas escriben sus golpes con precisión. Entrenan leyen-/ do a sus adversarios y a sus predecesores. Escribir es/ aprender la exacta técnica de, servicio», en el texto-colofón que conforma el último set: «Creo que escribir se asemeja/ al inútil ejercicio del frontón. Un/ adversario gigante e inexpre-/ sivo. Una muralla que evoca el/ encierro, pero sobre todo la im-/ posibilidad de la victoria»).

Sin embargo, uno de los recursos desplegados que me parecen más destacables para desnaturalizar el aislamiento individual y épico del éxito, cifrado simbólicamente en el tenis, es lo que se puede definir como la inversión de la jerarquía sujeto-objeto. Por medio de esta inversión, se tensiona la primacía del sujeto en tanto agente de la acción, se desestabiliza su privilegio ontológico, dando a paso a expresar la «derrota secreta» de la subjetividad que trasciende al poemario. Así, por ejemplo, en el texto integrante del primer set cuyo título es «Lorena López»:

En esto consiste el frontón, en

golpear tu propia sombra contra

el muro —innumerables veces—

hasta que tu cuerpo comience

a sentir el dolor de la sombra.

Hasta que te conviertas

en esa sombra o en ese muro

y no sepas si estás golpeando la pelota

o si la pelota te está golpeando a ti.

Esta desestabilización del privilegio ontológico del sujeto trae aparejado un cuestionamiento del «ser en el mundo y su memoria», del «ser con los otros», incluida nuestra relación con los objetos, lo cual se consigue, en el marco del poemario, por medio de la persistencia cifrada en el fracaso o en la derrota. En otras palabras, hay algo para extraer en la insistencia de las innumerables veces en que se golpea la propia sombra contra el muro.

(Publicado en la edición de julio 2019)