Reseña

Paisajes (No habrá muerte. Aquí terminará el cuento)

MACARENA ARAYA LIRA
Noctámbula
174 páginas

POR PRISCILLA CAJALES

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Sentado en su mesa, o frente al pc, quien escribe abre un sin número de caminos posibles, también un gran abanico de potenciales errores, y por supuesto, la eventualidad de acertar, de dar con algo. Caer en la grandilocuencia, en la intención de abarcar enormes discursos  o tender a lo humano, a lo personal. Es esto último lo que hace Macarena Araya en su libro Paisajes (No habrá muerte. Aquí termina el cuento), texto que reúne nueve relatos que operan como un arco narrativo, pero que bien podrían leerse de manera independiente.

La protagonista es una mujer de treinta años que direcciona la historia hacia esos recuerdos que dan cuenta de la construcción de su presente: la niña atemorizada por los cuentos sobre muertos en el jardín; la familia que reciente el abandono del padre, su desaparición; la historia de sus primeros amores; el amedrentamiento que sufre a través de notitas dejadas en la ventana de su auto chino; la muerte que viene a fijar sus facciones en quienes se acercan a ella, un rostro cada vez  más similar al nuestro.

Araya construye su relato de manera ágil, fresca, delimita un tratamiento del lenguaje para dejarlo filoso como un cuchillo, sin caer en el aglutinamiento, ni en la sobreexposición. Delimitar, ese es verbo que sirve para describir el modo de trabajo de la autora: delimita los tiempos de la historia, el modo en que da pie a la narración, los subtítulos que responden a un zoom al relato que sigue: «(Con M. nos abrazamos y ella me susurró que no la dejara. Pero la dejé)», de Ovalle, o de Barcelona: «(El mar guarda y esconde)». Delimita también las relaciones de la protagonista, las que le sirven como andamiaje para dar cuenta de sus soledades íntimas, pero también de una historia nacional. El modo en que el epígrafe de Didion «¿No cree que la gente se forma según el paisaje en el que crece?» es la pregunta que se responde a medida que se insinúa a través de la historia de esta mujer la forma en que la dictadura le dio un carácter al país. Los odios otra vez: el nombre de una calle que evidencia este simulacro de democracia.

En lo mínimo está el relato, en lo cotidiano: la violencia que ejerce sobre el ciudadano el trabajo, la ciudad, el paso del tiempo en un montón de fotografías que fueron dejadas en un departamento son también la persistencia de la memoria que se las arregla para no desaparecer, para buscar el reflejo y la correspondencia a pesar de las décadas de distancia, a pesar de que nos digan que ya pasó suficiente y que ya es tiempo de olvidar. La memoria se impone, y es el aparato literario el que responde a esta llamada, porque los otros registros fueron quemados o borrados. Porque la literatura existe en la medida en que un otro la termina, la completa.

Esta novela, primera publicación de Macarena Araya (ganadora del concurso de cuentos de la extinta Paula) es en su simpleza como un conjunto de  «espejitos sueltos de nuestro propio hipotálamo [dispuestos] para que nos reconozcamos, para que nos veamos», en palabras de Nona Fernández. Y estos espejitos nos muestran a quienes crecimos en los noventa, a los que arrancamos de los pacos en alguna marcha del dos mil once, los que vimos una y otra vez El Chavo en el Mega y Los caballeros del zodiaco en Chilevisión. Y a pesar de la cercanía temporal, el modo en que estas referencias aparecen es natural y nada forzado; escenas familiares que nos remiten a nuestra historia inmediata, en las que nos reconocemos con facilidad y que elevan al sujeto a lo personal y a lo mínimo, porque ese es  el lugar en donde aparece lo esencialmente humano y, sin duda, lo político.

(Publicado en la edición de mayo 2019)