Image

ENTREVISTA

La poesía orgánica de Milagros Abalo

En tiempos utilitaristas donde el interés está depositado en el producto, Milagros Abalo construye una obra diversa en la que prima la relevancia del proceso. Una obra cuya esencia es el transcurso y el movimiento. Una vertiente a la que acudir entre tanta piscina.

Texto: MATÍAS ÁVALOS

FOTOGRAFÍAS: RAÚL GOYCOOLEA

Escena 1: Alguien toca música electrónica en un subterráneo en Valparaíso, Milagros Abalo lee unos poemas largos y dibuja círculos con sus hombros, se tambalea como quien produce ondas para dibujar en el agua, su manera de acompañar la escritura. Los asistentes cierran los ojos, sonríen, otros miran la nada que se abre en el suelo. En el aire la sensación de que algo está pasando.

Escena 2: En un galpón del instituto de arte de la PUCV, esta vez sin música, lee otros poemas. La falta de ruido alrededor los mejora, la música salía de ella, no la rodeaba. Es la única poeta de la jornada ante la que mi hija guarda un respetuoso silencio mientras recoge piedritas del suelo. Me queda grabado que «La memoria traiciona mirando a los ojos». Esa noche pactamos el día de la entrevista, la prefiere en persona, no confía en las cámaras y le gusta mirar de frente.

Si hay poetas que definen su estilo por temas, escuelas o por ser descendientes de poetas más viejos, el estilo de Milagros Abalo se define en ese florecimiento de la respiración que es la voz. Cualquiera que la haya escuchado leer, como yo en esas escenas, notará que su escritura se enriquece por el color que le otorga su tempo a esos secos y resbalosos signos dispuestos en el plano. Sin embargo, con lenguaje no solo hablamos (o recitamos) sino que también pensamos y ese doble es el que termina plasmándose en la hoja. Milagros lo hace de manera curva. Durante el poema gira al rededor de un término, lo alimenta de matices, le da profundidad, lo extraña, lo repite hasta que dé lo que tiene para dar. En la conversación hace lo mismo; abraza, acompaña cada juicio con «en mi caso», con «para mí es así» y con esa manera de despersonalizar el juicio y hacerlo más amable. Es reemplazar el estruendoso «yo» por el oblicuo «uno». Y no porque no sea dueña del universo sólido y homogéneo que de hecho le pertenece y que construyó en tres libros, La normalidad de una familia (La cortadera, 2012), Esto es (Hueders, 2016) y Hábitat (Hueders, 2018), tampoco porque no se juegue, en cada respuesta y en cada texto, su concepción de mundo, sino porque esos libros, aunque sea ella quien los firme, no los escribió sino que se escribieron, como considera al estado ideal de la producción del poema. Milagros Abalo se concentra en el mundo y la grafía de su violencia, en su opacidad, en esos mensajes intraducibles. En su escritura conviven voces de realidades diversas, de especies diversas, de tiempos diversos que, cuando y para que el poema suceda, confluyen de manera orgánica. Alrededor de esta noción de la escritura como estado, como fenómeno, giró la charla que tuve con la autora.

Bienvenidos a la escena 3:

 

En la biografía de tus libros dice que sos editora. ¿En qué trabajas?

Hago un curso sobre escritoras norteamericanas en la universidad, principalmente de poetas, pero también incorporo ensayistas, narradoras... son esos cursos para distintas carreras, algo generales, orientadores. Además soy editora de manera independiente, presto ese servicio para distintas editoriales. A veces de corrección de estilo y otras en el armado de un libro, entrar en diálogo con los autores, etc. Hago talleres también, aunque eso ya depende de los tiempos, de los ánimos, de todo [ríe].

¿Te gusta dar talleres? ¿Son de lecturas o de escritura?

He dado de ambos, lo que pasa es que a veces hago individuales y otras veces grupales, y son distintas instancias. Las individuales son más intensas, concentradas, mientras que en las colectivas se comparten lecturas, son más entretenidas.

Tu primer libro sale por La cortadera, una editorial algo ficticia. Y noté diferencias formales entre ese libro y los siguientes que salen por Hueders, y como sos editora quería preguntarte si hay diferencias entre la edición con alguien cercano (quien firma como editor es Vicente Undurraga, su pareja) y otras personas. En La normalidad de una familia, la escritura es bien corta, concreta, y en los siguientes hay otras extensiones, formas de versos, etc.

Sí, son ciertas esas diferencias pero no creo que tenga que ver con la edición, porque finalmente en ningún caso la edición de los poemas fue mucha con respecto a la edición que uno elabora, sino más bien tiene que ver con los momentos de escritura.

O sea que no te editan tanto...

Por supuesto que hay comentarios y sugerencias, pero no hay así como una sobre edición, eso como de estar encima de los poemas, uno hace ese trabajo en el momento de la escritura misma, y después, claro, un lector puede advertir un ruido, algo que no calce. Pero tiene más que ver con distintos momentos de escritura. El primer libro es un tono seco, luego Esto es tiene un tono mucho más desbordado, quizás en Hábitat empieza a replegarse en alguna medida. Es que, al menos para mí, los procesos de escritura son muy distintos y se van ajustando a lo que uno esté pensando, escribiendo, a cómo se sienta.

Leía en una entrevista anterior, que los poemas de La normalidad de una familia no son una confesión familiar, aunque la atmósfera rodee ese tema, por llamarlo de alguna forma. Yo tampoco creo que sea confesional tu poesía sino que se desprende un tipo de especulación. ¿Pero de dónde sale ese imaginario familiar?

Bueno, yo creo que hay relaciones familiares que uno advierte y que le interesan, pero no solamente de la propia, eh, uno puede, o yo por lo menos estoy atenta a observar otras dinámicas y a partir de eso echar a correr la escritura.

¿Cómo novelista?

Puede ser, por eso también hay poemas que aluden a familias en una clase social determinada y otros a una distinta, algo de ir pasando por registros diferentes.

Claro, de pronto uno tiende a darle una connotación de atmósfera a partir de elegir una de las tantas pistas que otorgan los poemas.

Sí, porque uno tiene esa especie de obsesión en la lectura de tratar de situarlo en algo determinado para, en el fondo, tratar de entenderlo, pero hay cosas, especialmente en el caso de la poesía, que uno sencillamente tiene que renunciar a entender.

Hay algo como de lo que no se ve pero existe, algo fantasmal en ese primer libro.

¿Eso como que tú lo adviertes? Puede ser, tal vez en el primer libro tenga que ver con que yo viví en una casa vieja, donde se supone que penaban muertos. Entonces ese imaginario medio fantasmal es parte de una experiencia de la niñez, siempre estuvieron rondando los muertos. Eso se traspasa, ese color. Como una especie de atmósfera que rodea algunos textos.

Bueno, con respecto a eso de escuchar, recuerdo un poema que tiene como personaje a Nicanor Parra, pero también hay una dedicatoria a Elvira Hernández, poeta con la que, sobre todo a partir de Esto es, noto una relación incluso formal, esto de jugar con el sonido de las palabras para avanzar, extrañar palabras cercanas. ¿Cuál es tu relación con el medio?

Mi relación con el medio es como lectora, me gusta estar leyendo lo que se está haciendo, cómo, qué, desde los que son más grandes hasta los que son más chicos que yo. Me parece que es bueno estar entrando y saliendo de todas esas escrituras, no porque uno pretenda encontrar ahí una cercanía, sino como un gesto de salud. La lectura al final, tanto cuando uno está escribiendo y cuando no, es un goce.

Literal, porque un goce es una dirección que no se satisface nunca.

Claro, por eso uno va hacia atrás o adelante en eso.

Esa relación con la contingencia, ese estar atenta a lo que pasa, me hizo pensar en la parentalidad. Uno no tiene tiempo, entonces empieza a ver poemas en todas partes. Y esto en el mejor de los sentidos, el de desfetichizar los temas.

Claro, todo es posible de ser escrito, no hay temas menores ni mayores. En ese libro (Esto es) sí hubo una necesidad de dar cuenta del lugar en el que uno está, en la realidad en la que uno se inscribe también. Quizás en Hábitat va difuminándose con algunos elementos, va siendo menos directo.

¿Habría una necesidad cumplida, luego de Esto es?

Sí, había una necesidad de hacer referencia a ciertas cosas que pasaban.

Sigo con la contingencia y robo una pregunta, ¿cómo le pondrías al aeropuerto de Santiago?

Gabriela Mistral.

Otra diferencia con respecto al tono más medido del primer libro, es que en los siguientes hay un desarrollo más extenso, son poemas cuyos finales son importante pero no son precisamente remates, como que, luego de agotar posibilidades, el poema llega donde tiene que llegar. ¿Cómo trabajás esas extensiones en las que además confluyen varias voces?

Es particular en cada caso, hay algunos momentos en que uno va caminando y escucha una frase que te detona algunas imágenes que entran en relación y se va construyendo el poema. Y hay otros que aparecen gratis, como yo le llamo, que llegan y uno pareciera ser el envase de aquello que llega. Y uno va transitando en esos registros, yo particularmente, sin quedarme en uno u otro, sino permitiéndome la libertad de poder andar donde sea.

Claro, es cierto que, sin perder homogeneidad, sobre todo en el segundo y tercer libro, hay una diversidad de registros notable, no solo por haber prosas o versos, sino porque incluso hay diferentes sintaxis.

Por eso para Hábitat elijo un epígrafe de Rafael Cadenas que dice «Los poemas son momentos. Anotaciones», y en el fondo la escritura también responde a ese momento, a esa experiencia, a ese pensamiento, a ese estado de conciencia o inconsciencia, son muchos los elementos que van interviniendo en la escritura.

Image
Image

Mientras, hay una oferta cada vez mayor de diplomados de escritura creativa, de magísteres, una tendencia a la  profesionalización.

Claro, como una cosa medio maquinal, como si hubiera etapas que uno va cumpliendo.

Sí, y vos me hablás de fenómeno, de algo complejo y profundamente subjetivo.

De todas maneras, cuando uno habla del momento en que escribió determinada cosa, por supuesto que  ese momento también va a ser alimentado por cosas que sigan sucediendo adelante o que hayan sucedido atrás. La escritura es una especie de lugar donde confluyen todos los tiempos. Por eso es que cambian. Por eso un poema y su forma y lo que se supone que esté diciendo va variando, incluso dentro del mismo libro. Además yo encuentro un placer en ir cambiando, en ir saltando orillas, mantiene viva la escritura.

¿Qué tipo de alumnos se necesitan entonces?

Es que hay algo orgánico en la escritura que no puede perderse de vista, si no se empieza a rigidizar lo que va a suceder, en la medida en que yo tengo todo clarísimo, y uno no puede tener clarísimo lo que va a escribir. Hay un estado en el que uno muchas veces se pierde, escribe sin saber dónde va a llegar y eso tendría que mantenerse. Porque ya en el momento en que tenemos claro qué es lo que vamos a decir, y cómo vamos a decirlo y por qué lo vamos a decir yo creo que ahí pierde sentido. Empieza a ser algo funcional y el poema no puede ser algo funcional. Yo no estoy transmitiendo un mensaje o un informe, transita por otro lugar, por otros estados.

Eso explica de alguna forma lo que yo mismo sentí al leerlos, me hacía como lector retrasar mi juicio, tener paciencia.

En el fondo, la que impone su manera de ser escrita y de ser leída es la escritura, uno no puede escribir pensando en el lector, porque si uno lo hace lo está haciendo según ciertas expectativas, según ciertas formas de ser. Precisamente tiene que estar levantando ese terreno permanentemente. Haciéndole zancadillas, no vengo a ofrecerle algo que se espera que ofrezca.

¿Eso sería determinar, que el público sea acotado?

Y escribir sin riesgo, sin cierta novedad, porque al final es seguir repitiendo sistemas de escritura.

Bueno, en Esto es hay mucha recursividad, repetición de palabras, de ideas, de sonidos. Entonces y tal vez ya me lo respondiste. ¿Hay montajes o salen de un tirón los poemas?

Yo escribo así porque pienso así, repitiéndome los pensamientos para que avancen, como una especie de mantra sobre ciertos movimientos que son iguales pero que en cada uno se va ofreciendo una nueva versión.

Y que  el lector llegue a donde tiene que llegar.

Si es que tiene que llegar a algún lado. [Nos reímos]. Hay muchos que son por el movimiento mismo.

En Hábitat hay esta relación con la naturaleza. ¿Cómo es esto posible viviendo en Santiago?

Es que también nosotros [su familia] vamos mucho al campo. Y en esos viajes fui escribiendo, mucho, y cuando uno los ve en perspectiva... bueno, vi que era la naturaleza lo que estaba presente y decidí agruparlo. Pero tiene que ver con estas idas al campo, y esta nueva mirada que te ofrece la naturaleza... como un nuevo modo de hablar. Por eso es que es distinto al anterior.

Tontamente pensaría algo de una síntesis, porque tiene algo de lo medido del primer libro, pero no es transparente tampoco.

Claro, es que la naturaleza tampoco ofrece claridad. Hay zonas que ignoramos completamente.

Sería un hábitat compuesto por más de un lugar.

En general mi escritura está compuesta por varios lugares, no solo físicos, sino mentales, emocionales. Hay cosas tan simples como el ánimo que influyen en los poemas... en ese sentido creo que hay una hora, un día, un momento determinado en que uno escribe y eso va a determinarlo. Uno no escribe en abstracto, porque tampoco vivo así. Yo no vivo en una cueva en la montaña desconectada.

¿Qué leías mientras escribías Hábitat?

De todo, yo soy muy desordenada para leer. Sobre todo leo poesía y ensayo. Y dentro de eso, de todo. Pero pudo haber influido desde la lectura del diario hasta un ensayo de la Natalia Ginzburg.

¿Dirías que es ella la que más leías?

Puede ser, pero es que me pasa que, más que leer cosas nuevas, estoy releyendo. Digo, leo, estoy al tanto de la escritura que se está haciendo, pero releo mucho, ensayos o poetas a los que vuelvo.

¿Y cuáles son a los que volvés?

Vuelvo a muchos. A Montale, a Pasolini, a la Marosa di Giorgio, la Anajmátova, la Mistral. Las relecturas son muy variadas. En poesía sobre todo hay mucha relectura. Es que la poesía es una lectura que se va revelando por capas, no aparece inmediatamente, por eso es que quizás cuesta más que la gente lea poesía, porque uno tiene que volver. Y a medida que uno vuelve se van activando nuevos sentidos, nuevas direcciones. Lo que te gatilló una dimensión luego se densifica con otra cosa...

¿Para cerrar: el poema tuyo que más te guste?

Un poema como Espino* me gusta, sobre todo por eso del momento particular, algo de lo que pasó ahí.



*Espino (Hábitat, pág. 13)

Habla de nosotros espino

de nuestra madeja en delirio de cuerpos

de nuestro grito antes de nacer

habla de ese grito

y del miedo a la noche.

Esqueleto en riguroso silencio

de mujer, de hombre o de niño.

Habla con nosotros

de los amores que se enredan

trajinándose en sus espinas blancas

o de los amores que brotan

cuando creemos que están secos

pequeñas granadas verdes

en un octubre de estambres amarillos.

Habla de nosotros espino

di

cuántos latidos escuchas

en el corazón de un hombre

oscuro y transparente

como tus ramas de nidos sin pájaros.

No olvides decir

que la baya es una cania a río abierta

una casa

donde duermen en su funda de blanco terciopelo

semillas como fetos.

RESEÑA

REVISIÓN DE OBRA

Image Image Image

Una vez, usé la imagen de un monje subiendo las escaleras de un mall sin adelantarse. Vuelvo a él. Esta vez mira un río en algún lugar del oriente antiguo, en eso radica su actividad, su contemplación empieza y termina en sí misma. Si a lo que llamamos arte es un excedente inaprensible adherido a las cosas que construimos porque sí, en la contemplación no lo hay. Ahora vuelvo a occidente, acá. Alguien mira las venas de sus brazos entre el ruido irrenunciable de una civilización adolescente. Como el cauce del río que le corresponde a esta persona está dividido por el Costanera Center, como hay demasiado de qué preocuparse, esta persona se refugia en el poema. Lo mismo que el río, no es un lugar seguro, sin embargo, es de los únicos en el que se está a salvo de la banalidad de una dimensión del lenguaje en la que no se dice nada, o peor, una dimensión que cree que el valor levita en la relación entre oferta y demanda. En el sistema del poema el valor es más complejo: llega un piedrazo entre los ojos en la infancia, más tarde, en la adultez, esa persona construye un poema donde ese piedrazo «es la voz de la naturaleza»  (Esto es, Hueders, 2016) donde los « palazos vallejianos lo obligan a persignarse » (La normalidad de una familia, La cortadera, 2012) donde «lo que queda, es lo que vuelve a nacer»  (Hábitat, Hueders, 2018).

Al ruido, a la falta de subordinadas en las conversaciones, a la renuncia de un pensamiento que exija algo más que un rebote de espejo al interlocutor, a ese estúpido y generalista «bien, po» ante el indiferente «cómo estai», Milagros Abalo (Santiago, 1982) le opone un recorrido de voces múltiples cuyo final nunca es un cierre, un remate, sino un lugar al que llegar: la recompensa del poema. A eso se y nos expone en su obra.

Si La normalidad de una familia fuese un cuadro, sería uno de Arturo Gordon, una escena costumbrista donde uno intuye una tramoya oscura. De ser una película, sin lugar a dudas sería una de Lucrecia Martel, hay algo de familia tradicional, aristocrática, un tipo de orden que daría paso a otro tipo de oligarquía más citadina, Abalo nos muestra ese mundo pereciendo, nos lo muestra obedecer el segundo principio de la termodinámica, la entropía, y lo hace no como poeta confesional, sino con un tipo de especulación situada que, a riesgo de quedar como un ridículo anticuado, propongo como propia de escritura de algunas mujeres, y que le da vuelo al fondo de los poemas:

«En el futuro serán los protagonistas de la historia / de la debilidad o la idéntica copia de ellos / Los Privilegiados / que abren el diario oficial de Santiago de Chile / y de las páginas sociales dicen no conocer / a nadie, se ríen de los apellidos impronunciables / que se meten en sus colegios católicos / y llevándose las manos a los ojos con agitación / sueltan la perorata que silenciosamente / debemos tolerar [...] se consuela con mensajes bíblicos / cuando en casa de puta la Negra Pati / inicia a los niños y en menos de una hora / les calcina la idea que tenían del amor».

Poemas cortos, en tercera persona, aunque cada tanto aparece una primera a decir cosas como «Tráiganme un pedazo de vida». Esa mezcla, que culmina en la exigencia de sentir algo que haga valer la pena eso a lo que llamamos Vida, esa constelación de voces y pensamientos, es un gesto que se radicalizará en Esto es, su segundo libro.

Definitivamente más extenso que su ópera prima, tanto en cantidad de poemas como de versos, el libro, alejado de la atmósfera de casa de campo, es un autentico síntoma de la ciudad. El/los hablante/s de estos poemas hacen explícito su cambio y el desgaste que este implica y «Solo horizontalmente puede estar / en un mundo que parado allá / sigue sin peros su curso natural / como una paciente que espera / con su falta de voluntad / con su puro estado físico de arrastrar / piernas como piedras al despertar». Además del fondo, la sintaxis de este libro/síntoma es recursiva. Como el pensamiento de las personas en el clímax de una vida multitasking, va y vuelve apoyada en repeticiones, trepando hacia abajo por los sonidos de las palabras, que se presentan todo lo materiales que pueden ser. Una muestra que podría titularse arte poética, pero se titula Escribir (¿acaso no es lo mismo?): «[...] de mis hijos, de sus ojitos llenos de lágrimas escribir / o del mosquito que vuela sobre la fruta / como el mosquito que vuela sobre la muerte / escribir que lento y pesado vuela la muerte en el amor».

Su tercer libro, Hábitat, mira de cerca los objetos que componen la atmósfera del libro/mundo, los exprimen. Tarkovskianamente moscas, cactus, espinos, palomas, el clima y los resbalines son recorridos hasta que susurran su verdad. Esto, a los efectos del libro, es una especie de reconciliación, de elevar a lo que nos rodea a la categoría de condición, es decir, de necesariedad: esto es así porque sí, como los poemas. Un tipo de aceptación, que luego de la conciencia expuesta por los hablantes en los anteriores libros, uno intuye que no tiene que ver con renuncia o resignación. Vuelvo al monje.

En un meta-tiempo su contemplación es interrumpida, la pasividad que ostentaba se tensiona en su mirada, una voz le susurra al oído un dogma de resistencia y apertura: «Florece / y al florecer recuérdales algo a los que te escuchan».

(Publicado en la edición de junio 2019)