LIBRES CREADORES

MEMORIAS DE LA CARNE

PABLO AYENAO
Bogavantes
84 páginas.

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SOBRE EL AUTOR:

Publicó el poemario “Flúor” (Poleo, 2011; Venérea Violenta, 2013). La novela “Memoria de la carne” ganó el Premio Municipal de Literatura de Santiago el 2016. Ha obtenido becas de creación del Fondo del Libro en novela y poesía.

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XV

Mi cuerpo ha adquirido una tonalidad verdosa.

La piel se me ha escamado. Los ojos se me están achicando cada día más. Las piernas se me han debilitado de forma elocuente.

Intento protegerme dosificando la escasa energía de que dispongo.

El día acecha abrazador, la transpiración incesante me enturbia la mirada. La noche, en cambio, congela las voces y sólo sobrevivo gracias el cuerpo de mi hermano. Si él no existiera, ya me habría muerto.

El aire, el aire, me faltaba el aire.

Mi cuerpo ha ido adquiriendo una tonalidad verdosa que a esta altura ya le es connatural.

XVI

La comida congelada, que mi padre compra en el supermercado, me ha producido una gastritis crónica.

Cada día apenas pruebo bocado, ingiero sólo lo suficiente para mi subsistencia. Debo moderarme en extremo para no caer en cama; si eso sucediera, dudo que me pueda levantar.

Mi gastritis se manifiesta con un dolor repentino en la boca del estómago y debo salir apresurado al baño.

Los intestinos se desalojan en pequeños cascajos de excremento marrón.

A veces también defeco sangre.

XVII

Rafael encontró una botella de aguardiente escondida en un cajón de la cocina.

Se empinó un sorbo prolongado y unas cuantas gotas quedaron bailando en su barbilla. Deslicé mi lengua por su mentón y sentí arder mi boca.

Nos bebimos toda la botella.

El calor del alcohol produjo un sopor aún más abúlico que el que nos originaban los noticiarios.

En el fondo de la taza del baño flotaron los restos de comida que, exhaustos, expulsamos desde nuestros estómagos. Dijimos que nunca más nos entregaríamos al fragor del alcohol y quisimos cumplir nuestra palabra.

Pero fue inútil.

Todos los días aparecía una nueva botella en el mueble de la cocina. La tomábamos del gollete y la intercambiábamos. Cada uno debía esperar su turno.

Después, los vómitos explosivos se convirtieron en un ritual.

Al anochecer, cuando llegaba mi padre, estábamos algo más repuestos, aunque en la garganta aún existía el ardor del alcohol.

Nos entregamos al aguardiente como antes nuestros cuerpos se entregaron el uno al otro.

Silenciosos mirábamos los noticiarios.

–¿Qué será el bien común? –le pregunté a Rafael un día, antes de dormir.

–El aguardiente –contestó.

 Giré sobre mi cuerpo dándole la espalda. Al rato, Rafael roncaba.

Debía recuperar a mi gemelo.

XVIII

Una noche, mientras nos bañábamos, contemplé la cicatriz que Rafael lucía en su cabeza. La línea roja se extendía desde la nuca hasta la frente. En el dormitorio, mi hermano se durmió al instante, pero despertó a medianoche con un grito.

XIX

Mi padre estuvo preso, hace muchos años.

Nunca he entendido por qué mira los noticiarios con tanto interés y por qué nos aísla del mundo dejándonos a merced del hastío.

Acaríciame la mejilla, papá. Esa mejilla que me has hecho sangrar de forma indecorosa.

Quizás no sobreviviste y esto es sólo una prefiguración.

XX

Los helicópteros no me dejan dormir. Sus motores rugen interrumpiendo el silencio de la noche.

Mi escasa resistencia al ruido me ha ocasionado un insomnio crónico que se ha acentuado con el vuelo de los helicópteros que, rasantes, buscan desesperadamente algún motivo que justifique su existencia.

Extraviado en el sueño inconcluso, abro lo cortina y miro cómo dos helicópteros surcan lentamente el cielo oscuro. Un haz de luz emana de cada helicóptero y alumbra, en un círculo concéntrico, una superficie que se amplía gradualmente hasta llegar al suelo.

De pronto, los helicópteros bajan aún más su velocidad y quedan suspendidos en el aire. Disparan su haz luz hacia todas direcciones. Los perros aúllan asustados y enceguecidos. Los helicópteros iluminan todo rincón de oscuridad y la noche, ahora estroboscópica, se sucede en cámara lenta.

Mi hermano y mi padre duermen. Ni siquiera los helicópteros interfieren su descanso.

No puedo pensar en otra cosa que no sean esos vuelos rasantes y esas luces rojas y luego amarillas que cartografían la noche. No puedo dejar de mirar esos helicópteros que, estancados en el aire, parecieran traspasar mi cuerpo para mirarlo al trasluz.

La resistencia se agota.

Como si esas luces fueran rayos X que escudriñan mi carne buscando algún indicio que me incrimine.

 Dormir se hace cada vez más confuso. Enrollo la almohada sobre mi cabeza y aun así las sienes me palpitan con el rugido de los motores.

Me desespero.

El aire, el aire, me faltaba el aire con las luces y el ruido ensordecedor de los helicópteros.

Ensalivo mi mano y la deslizo por la mejilla enrojecida de Rafael. Mi hermano despierta.

–¿Oyes los helicópteros? –pregunto.

– Mañana tapiaremos las ventanas, haremos de la casa un búnker –contesta.

Miré fijamente el helicóptero y sentí la luz en mis ojos. Los cerré al instante y cuando creí que había transcurrido un tiempo suficiente, los abrí cuidadoso.

Ahora sí que me faltaba el aire.

XXI

Nos había crecido el pelo y las cicatrices que nos pro dujo la correa de cuero eran imperceptibles. Nos creció el pelo con una rapidez pasmosa. Hasta los hombros nos llegaban los mechones oscuros y levemente ensortijados.

Rafael decidió ocultarse la mejilla con una mata de pelo. Su herida crónica ya casi no se notaba.

Cuando papá descubrió el ardid que mi hermano realizó para ocultar su mejilla, decidió cortarnos el cabello. Raparnos hasta la calvicie.

Papá nos dejó el cráneo desnudo y desde ese día decidió que así lo usaríamos por el resto de nuestra existencia.

También nos afeitó la cara. El pubis lo dejó intacto. Quise desesperadamente tener el pelo largo y me imaginé frente al espejo con una cabellera poblada. Mi padre nos afeitaba una vez al mes.

Los meses se sucedían idénticos hasta que un día perdí la cuenta de las veces en que papá nos atacaba con su navaja.

XXII

Tapiamos las ventanas para que, durante la noche, no nos afectaran las luces vigilantes de los helicópteros.

Tomamos unas tablas del patio y las martillamos frente a cada indicio que pudiera comunicarnos con el exterior.

La casa quedó en completa oscuridad. La luz artificial se convirtió en una preciada necesidad, pero decidimos no ocuparla durante el día, sólo la utilizábamos cuando llegaba papá.

Ya no escuchábamos el rugido de los helicópteros, ni el ladrido de los perros, ni las redadas que la policía realizaba cada cierto tiempo en el barrio. Nuestra casa se transformó en un refugio irreductible.

Fue entonces cuando comenzaron nuestros juegos más agresivos.

La penumbra desarrolló en nosotros un vigor que hasta entonces desconocía.

Apenas escuchaba un respiro, me abalanzaba sobre el cuerpo de Rafael y le tapaba la boca.

Rafael realizaba el mismo ejercicio conmigo. Nuestros juegos consistían en encontrarnos desprevenidos y atacar con ferocidad el cuerpo del oponente. El cuerpo gemelo.

Prácticamente el cuerpo duplicado. Prácticamente el mismo cuerpo.

Recuerdo esos días como los más placenteros de mi existencia. El peligro acechaba en cada rincón de la casa.

Sin embargo, después de una semana, caímos en la desidia.

Por un momento creí que el ruido de los helicópteros me ayudaría a soportar la espesa atmósfera que inundaba nuestro hogar.

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(Publicado en la edición de marzo 2018)