Reseña

Kintsugi

MARÍA JOSÉ NAVIA
Kindberg
144 páginas

POR HUGO HERRERA PARDO

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“Parece una ley: todo lo que se pudre forma una familia”, sentencia el verso final de un poema de Fabián Casas. En Kintsugi, segunda novela de María José Navia ―tras SANT (2010) y los libros de relatos Instrucciones para ser feliz (2015) y Lugar (2017)―, la podredumbre es reemplazada por la rotura. Todo lo que se rompe forma una familia, sería la reescritura de esa eventual ley, de ese concluyente verso. De entrada, entonces, ante la novela, se impone como figura de pensamiento la paradoja o la cohabitación; lo que forma el vínculo es la fractura, no el enlace; la exposición del quiebre, no su ocultamiento. ¿Cómo narrar esta forma cohabitada? María José Navia opta por la fragmentación episódica y no cronológica de la historia, contar trozos/trazos de vida de los personajes, esparcidos a lo largo de un tiempo extenso y a la vez difuso, que va desde la unión marital que forma fracturadamente a la familia hasta un hito trágico que se ubica en la tercera generación de la misma. De ahí el kintsugi, arte de reparación japonés con polvo de oro, como figura multivalente y aglutinadora de estos sentidos señalados.

“Estaban rotos. Y habían decidido quedarse juntos”, señala en un determinado y significativo momento la voz que narra “Pasillo”, el relato situado más atrás en el tiempo de los once que integran el arco cronológico y argumental de la novela. Allí se cuenta la historia que enlaza a Caro y José, dos profesionales, ella médico; los padres de Tomás, Sofía y Eduardo, quienes integran la familia nuclear, expuesta a carencias afectivas y sicológicas, mas no materiales. Personajes que en el transcurso de la narración se mostrarán vinculados otras y otros como Marcela, hermana de Caro, Luisa, colega de Tomás y por quien se siente atraído, o Luz, pareja de Eduardo y de cuya ¿unión? nacerá Ema.

 La disposición de lo narrado de manera dispersa y fractal crea efectos como la percepción de un tiempo casi difuminado en su referencia, a cierta distancia de lo inmanente, lo que agudiza los golpes de efecto sobre el transcurso de la desacompasada historia familiar, y en especial sobre algunos de los desenlaces que van ocurriendo: trayectos formativos que arrastran heridas o traumas, distanciamientos, envejecimientos, muertes, los que sobre todo son solventes cuando están narrados desde fuera de la diégesis en un muy desenvuelto estilo indirecto. Este trabajo en torno a la percepción del tiempo y sus posibles efectos mantiene como constante que en casi cada relato que integra la novela, desde aquel presente de la narración asome, aunque sea brevemente, una grieta desde la que emerge el pasado, el que aparece entonces como fantasmal y amenazante.

Desde mediados de la década pasada, la crítica musical y cultural adoptó un concepto trabajado por Jacques Derrida en Espectros de Marx para pensar esta presencia acechante del pasado, el concepto de hauntología, un sonoro juego fónico y de sentido con ontología, mediante el cual Derrida inicialmente intentó reflexionar sobre una “lógica del asedio” que fuera “más amplia y más potente que una ontología o que un pensamiento del ser”, a partir de las herencias del pensamiento de Marx tras la caída del comunismo y la irrupción de las narrativas sobre el fin de la historia. Críticos como Simon Reynolds en Retromanía o Mark Fisher en Los fantasmas de mi vida, observaron en la cultura popular a partir de tendencias musicales como la electrónica, el brit pop, el post-punk o el hip hop tristemente hedónico de Kanye West o Drake, en series de televisión como Life of mars o en películas tan disímiles como El resplandor, Children of men o Wall-e, el asedio permanente de la ausencia que subyace a toda presencia, por medio de repeticiones, persistencias y prefiguraciones. Para Mark Fisher, efectivamente, la hauntología puede ser descrita como una forma cohabitada, ya que al asumirse como “un duelo fallido”, puede ser interpretada como un “negarse a dejar ir al fantasma” pero también como “la negación del fantasma a abandonarnos”, negarse y negación que pueden ser equiparadas a la marca visible del polvo de oro que recorre el kintsugi. Así, en el fascinante Los fantasmas de mi vida, Fisher piensa al espectro como aquello que no puede estar completamente presente, por lo que su ausencia/presencia puede ser entendida como la relación entre lo que ya no es más con lo que todavía no es. Es esta permanencia amenazante de espectros que dejan asomar virtualmente heridas o traumas lo que acecha la narración —y por tanto la lectura— de Kintsugi. La tensión en la novela gira en torno a este lo que ya no es más enfrentado a lo que todavía no es, siendo la herida matriz el abandono a su familia por parte de José y sus intentos de presencia esporádicos y fantasmales, ya sea telefónicos (una de las formas espectrales de la técnica, características de la contemporaneidad) o al observar presencialmente, pero a distancia, hitos importantes en la familia, como graduaciones. Para Fisher, de hecho, en una sugerente relectura de Freud, el patriarcado es una hauntología, debido a que es inherentemente espectral.

Tanto en el inglés como en el alemán, la relación establecida entre lo espectral y lo cercano, lo familiar, se encuentra consolidada en la lengua y en sus posibilidades de sentido. Como bien recupera Fisher, “La palabra haunt y todas sus derivaciones quizá sea una de las traducciones más cercanas al inglés de la palabra alemana unheimlich, cuyas connotaciones polisémicas y ecos etimológicos Freud aplicada y célebremente aclaró en su ensayo Lo siniestro: del mismo modo que ‘el uso alemán permite que lo familiar (das Heimliche, es lo ‘no-familiar’)’, haunt refiere tanto al lugar de vivienda y la escena doméstica como a lo que la invade y la perturba”. En nuestra lengua la relación etimológica entre familia y fantasma no es tan explícita como en las lenguas mencionadas anteriormente, de allí que los traductores al español de Espectros de Marx hayan optado por el sentido más preponderante de la relación, traduciendo hauntología como fantología, por su vínculo etimológico con fantasma o fantasía. Quizás lo más próximo que tenemos en nuestra lengua para expresar una relación multivalente así sea el vínculo entre fuego y hogar a partir de focus, en parte por la simbología del fuego en torno a reparación y también por la relación semántica con ceniza en tanto figura de la presencia/ausencia. En este sentido, en Kintsugi podría pensarse a la escritura como forma simbólica de la ceniza (lo que guarda similitud con la resina mezclada con oro con la que que trabaja el arte japonés de la reparación), al ser una escritura que deja entrever la afectación por vivir existencias erosionadas, mientras permanece en tensión el vínculo entre lo que ya no es más frente a lo que todavía no es.


(Publicado en la edición de diciembre 2018)