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ENTREVISTA

Florencia Smiths: Poesía de la transformación

Los límites del cuerpo y la provincia están borrándose todo el tiempo en Florencia Smiths, capaz de cambiar el signo de los elementos que aborda con estructuras que varían en el tiempo. Nuevos libros y nuevas formas: es el tiempo de esta poeta.

Texto: Cristóbal Gaete

Fotografía: John Uberuaga

Esto no es una entrevista, es una carta. No te preocupes si no has leído antes el nombre de Florencia Smiths, es posible. Hay una sombra que se cierne sobre la mayor cantidad de escritores chilenos que publican en editoriales independientes y viven en provincia, son desconocidos fuera del entorno directo que los respeta y acoge porque entienden que son también su voz. Los tirajes son bajos y los libros parecen desaparecer como si existiera un limbo en las librerías. Somos efectivamente provincianos.

Así ha estado escondida la poesía de Florencia Smiths en San Antonio. La primera vez que la escuché leer en público recitaba para un aula llena de estudiantes de arte en Viña del Mar. La figura delgada y con aire gótico parecía expandirse mientras hablaba, los doscientos estudiantes guardaban silencio. Estaban escuchando un secreto. Fueron presa durante 30 minutos de la alquimia que hace única su escritura, la capacidad de tocar elementos y transformarlos.

Leía “La ciudad no”, su segundo libro, que originalmente fue publicado en un split con Marcelo Mellado en Economías de Guerra, microeditorial que ella hacía funcionar diseñando y manufacturando. Esa serie de poemas fue construida a partir de testimonios de mujeres torturadas en dictadura en San Antonio. Pese al horror que contenían, la intensidad alcanzaba belleza y sublimación; Florencia se apropiaba de testimonios para escupir flores negras. Una poesía con sentido de la investigación y rigor en la escritura, fuera de cualquier obviedad política, elemento constitutivo que ya venía desde “El margen del cuerpo” (Fuga, 2008; Economías de guerra, 2013), con una compresión en la escritura muy difícil de alterar. La intimidad del debut dejaba brillar a veces un erotismo ambivalente, los objetos de su casa parecían tomar vida en el tacto de la hablante.

La escritura se descomprime un poco en “La velocidad de la caída” (Inubicalistas, 2015). Esos tres títulos, primera parte de obra, está reunida en “Estética del tajo” (Pez espiral, 2017), al que se une en el mismo sello el inédito “Estudios sobre la distancia”, que halla una forma más clásica y clara del verso. Es un secreto para la literatura chilena escondida en la provincia, una fuerza de la naturaleza llena de sensibilidad y poder.

 

“El margen del cuerpo” tiene que ver mucho con el aprendizaje de la lectura y escritura. ¿Cómo fue tu propio aprendizaje?

-Empecé a leer sola por fonética, asociaba los sonidos por sílabas. A los 3 años aprendí a leer y a escribir. Tomaba los cuadernos de mi hermana mayor y copiaba letras con los calcos de los boletines del trabajo de mi papá. Escribía en todos lados, en paredes, piso, todo. Me sucedió un hecho inesperado, tuve parálisis facial. Entre todas las posibles causas las comunes son demasiado estrés o una especie de shock. Mi mamá me llevó a todos los sanadores posibles, incluso tuve una piedra de una vaca mágica. Recuerdo estar tardes enteras con mi mamá pasándome esa piedrita negra por mi cara. Puede ser que como aprendí a leer el mundo, no me gustó lo que percibí, me noqueó el sentido de las cosas. Podría tener que ver con mi extrema sensibilidad. Estuve tratándome dos años creo, y mi cara recobró bastante su movilidad. A los 8 años, antes de que falleciera mi papá, quería un diario de vida, y se lo pedí a él, con candado y llave. Lo llené, tuve 15 diarios de vida hasta los 13 y los boté a la basura un día.

¿Cómo llegaste a la poesía?

Surge primero el lenguaje y después la poesía, desde el cuerpo. Cuando niña me hacía preguntas, cómo será caminar por el techo, y caminaba por el techo, y estaba mi hermana al lado y me pregunto qué me hace ser yo y no ser ella. No tengo manera de salirme de este cuerpo, experimentar otro, lo encontraba injusto. Poesía comencé a escribir a los 15, 16. A mí la música me conectó mucho con la poesía. Antes íbamos a ballet con mi hermana, fue la primera felicidad artística o expresiva que tuve, venía un profesor del Teatro Municipal de Santiago y estuvimos tres años en ese curso, bailando era feliz. Se cortó porque vino el terremoto de 1985, el profesor nunca más quiso venir. En el intertanto murió mi papá. Seguí escribiendo diarios, escuchando música y llegué a cuarto medio. Cuando salí del colegio, a los 16, me fui a estudiar a Santiago y ahí sí que me lancé a escribir poesía. Una amiga muy querida me alentó. Ella creía mucho más que yo en mí, yo siempre sospecho, dudo. Su fe me estimuló mucho. Siempre tendí a la poesía sin conciencia en realidad, declamé a la Mistral en un evento de la provincial de educación por mi colegio, pero no le conté a nadie. Me hicieron clases de declamación. En Santiago iba a un taller de Claudio Geisse, en un centro comunitario, en la Paul Harris, mi amiga me llevó para allá. Fue otra afirmación de lo que se me presentaba, conozco gente diversa, Claudio me leyó y me alentó a seguir escribiendo. Después de un par de años de Santiago volví a trabajar a una agencia marítima en San Antonio y tuve un compañero que fue alumno de mi mamá, que había hecho un libro y era poeta, digo era, porque nunca supe más de él. Él era amigo de Adolfo Couve no sé cómo, y yo tenía esta obsesión con los diarios de vida y mi amigo le contó de mí. Couve me mandó diez libros, entre ellos los diarios de Katherine Mansfield, venía también en ese paquete de libros la “Antología de poesía chilena” de Erwin Díaz, fue como la entrada a la literatura. Escribía todos los días. Yo conocí a Couve por casualidad en una librería en San Antonio. Tres años pasaron antes de dar la Prueba de Aptitud Académica y entré a pedagogía en la Universidad de Playa Ancha.

¿Cómo era la vida literaria porteña entonces? Tus primeras publicaciones son en antologías que armaba Arturo Rojas.

En la UPLA eran todos hippies y yo llegué con el pelo decolorado y toda de negro. Preguntaron en una asamblea quién quiere leer y levanté la mano, una niña me preguntó el nombre y tuve que elegir mi seudónimo, Florencia por mi segundo nombre, Smiths, por The Smiths, que me tenía impactada y emocionada, fue una cosa de cinco minutos. Fue mi primera lectura pública. Fueron años solitarios y eufóricos, no logré conectarme con ningún grupo de poetas. Lo más constante que se presentó fueron las lecturas en el bar Mariela, escuché y vi gente leer poesía y fue alucinante. Hablé con el gringo que organizaba para leer, de las lecturas del Playa conocí a Ximena Rivera y Catalina Lafert. Leí un pedazo de “El margen del cuerpo” y Catalina Lafert me dice que es el texto más trabajado de la noche, que por qué no está publicado. Empecé a planear una estética no tan formal como la escritura en verso, me acomodó la prosa poética, me salió sola, me salió en los diarios, casi todo sale en los diarios, excepto “La ciudad No”.

Quizá porque hay un desplazamiento en “La ciudad No”, no es tan propio.

Pero igual la tomé como personal.

Recuerdo lecturas conmovedoras con ese poemario. ¿Es para ti importante el recital poético?

Es totalmente importante, casi sagrado. Es pasar el poema por mi cuerpo, por mis cuerdas vocales, hacerlo materia. En ese recorrido me vuelvo a involucrar con lo que escribí, con lo que vi en ese momento, un recordar. No pasándolo por el corazón, sino por lo orgánico. Todo empieza a inmovilizarse, aprendí a manejarlo también, no tenía mucha destreza. Influye la musicalidad, el ritmo.

¿Cómo fue hablar por los demás en “La ciudad No”?

Yo volví de Santiago, se armó el taller Buceo táctico. Todo surgió porque queríamos hacer estas plaquettes con Economías de guerra, escribí el poema “Las muertas” primero. Me interesó el relato político de Ana Becerra, es tan potente, tiene tintes feministas, sobre todo por el tema del abuso, la violación y los perros. La entrevisté, me pasó libros de la tortura. “La ciudad No” iba a ser un libro, que no seguí escribiendo.

Te convertiste en una emisora para el entorno.

En poesía de San Antonio no hay nada de Tejas Verdes.

La originalidad sería que está en transformación.

Por eso lo hago, si no la carga sería insostenible.

¿Qué recuerdas de Ximena Rivera?

De Ximena recuerdo que cuando hablaba de poesía te daba mucha información, era como una metralleta, pero no tenía el mismo ímpetu para la realidad cotidiana. Le costaba mucho sobrevivir. Cuando la leí no lo podía creer, se metía en zonas filosóficas, también muy físicas, orgánicas, literarias en sí, del lenguaje. La admiré desde el primer día.

 
 

¿Cuándo nace “El margen del cuerpo”?

Cuando comenzamos a ver feminismo en Estética en la universidad, con Norberto Flores, ahí comenzó a tomar forma. Nos hizo leer artículos y textos, aluciné con Silvia Molloy y “Breve Cárcel”. En ese momento dije hay que hacer algo con esto. Como siempre se me comenzó a aparecer el texto mientras estaba escribiendo: imágenes, se me repetía el cuerpo y el estar afuera. También leí a Margarita Pisano, a quien conocí por otras amigas. Mis temas centrales eran cómo el aprender a leer y escribir tiene un proceso demasiado burócrata para el real significado que posee, imaginaba cómo hubiera sido si la forma hubiera sido otra. El colegio, la institución como tal, creo que me marcó para mal y para bien en el futuro.

Hay densidad de escritura en “El margen…”, es hermético en el sentido.

Es el diario, lo escribí todo a mano. Nunca organizo, no tengo esa aprehensión.

Entonces hay una honestidad con el proceso.

Sí, total. No tengo muy consciente la respuesta, pero sabía que tenía que ser en tercera persona porque quería tomar distancia de mi proceso, analizarlo con la poesía.

Pese a lo velado del sentido, es también un libro político.

Lo personal es político dice Kate Miller. En lo doméstico, lo cotidiano se toma el peso de los micromachismos, del sistema capitalista. Fue asimilar esas lecturas, pero nada de esto es consciente.

“El margen del cuerpo” marca un sino en tu trayectoria, ¿por qué el trabajo del escritor se pierde en las editoriales independientes?

No sé por qué en general, se pierde porque ellos pierden el norte cuando empiezan a ver que surge la empresa. En este caso en particular fue negligente en todos los aspectos, la comunicación no era buena.

¿Tuvo edición?

No tuvo edición, el diseño fue todo idea mía. Yo pedí la fuente de máquina de escribir, que tuviera esa huella de mi infancia. Fue una mala experiencia, pero al libro le fue bien en cuanto a crítica. Algunas no las gestioné yo. Dos personas hacían el trabajo de muchas, la edición, la distribución, los lanzamientos. Quieren ahorrar, o no tienen plata para delegar, pero sí quieren tener una empresa.

Las estructuras en adelante son más amigables. ¿Responden a algo programático o a las necesidades del texto?

Yo creo que “Estudios…” lo tenía súper claro cuando lo escribí, lo primero que tuve fue el título, eso fue muy extraño, nunca me había pasado. Tiene que ver con mi disposición física, mental. Hay un manejo de la subjetividad un poco más consciente. Con ese libro tuve la oportunidad de desaprender muchos patrones, muchas conductas, formas de hacer ciertas cosas, finalmente con la poesía sufrí una transformación.

¿Cuánto toma el proceso de cada libro?

4 o 5 años. “Estudios…” es el que menos he corregido, me ha tomado dos años, creo que es por la situación de quiebre total.

¿Después de Valparaíso te viniste para San Antonio?

Nunca salí, nunca habité Santiago ni del todo Valparaíso. Tiene que ver con un apego familiar, de sentirme en casa, en un lugar que pueda explorar sin miedo. Mi tiempo siempre ha sido lento, me cuesta vivir el presente. De ahí la obsesión que tengo por el registro, por el paso del tiempo, por qué soy otra tan rápido. Estar en San Antonio era mi lugar, nunca sentí a Valparaíso como mío, Santiago menos, faltaba el mar. Tiene que ver también con la protección, el desamparo ha sido un tema heavy, me sentí desamparada pese a tener a todos los que me querían, es algo interno, una soledad mía, que se intensificó cuando murió mi papá. Mi mamá nos preguntó quién quiere ir a verlo y yo estaba segura, tenía curiosidad por su cuerpo, cómo iba a estar. A él lo asesinaron, lo asaltaron, no fue un crimen político, porque no militaba, pero Damaris Calderón me hizo verlo así, porque había mucha locura, la delincuencia era poca, pero consistente en dictadura. Tres adolescentes lo asaltaron para quitarle el auto pero que se fueron al chancho, lo torturaron en mala primero, lo hicieron sufrir y lo dejaron tirado en la calle después. Cuando me enfrenté al ataúd, me dije, si antes me sentí sola ahora sí lo estoy. Extender esto al futuro, sobre todo al escribir poesía, que es un acto muy solo.

¿Quiénes eran tus compañeros de ruta en esos años en San Antonio?

Recuerdo haber hablado con una colega, con mi amiga Marisa, pero no había un grupo. Conocí el 94 a Roberto Bescós a un taller de la Biblioteca de Barrancas al que solamente fui yo, y como tengo problemas con la constancia no seguí yendo.

¿Alguna vez fuiste a un taller literario de forma sistemática?

Fui al de La Sebastiana y duré un mes, en el año 99. De ahí recuerdo a Karen Toro, con quien compartí harta poesía en la universidad, la escuché leer y me encantó. Sí, completé el de la Malú Urriola el 2007 y el de la Damaris Calderón el 2013.

¿Cómo era el tiraje de Economías de guerra, en la segunda etapa?

Solo se vendían en el lanzamiento, en una feria en Isla  Negra, los mandaba por correspondencia. Eran 50 ejemplares. Tomé cursos de encuadernación, imbuirme en esa pega de los papeles, cortar, diseñar, era la felicidad máxima.

¿Por qué te aburriste?

Porque era la única que trabajaba.

¿Qué interlocutores tienes hoy en San Antonio?

Héctor González, con Pato Patín hay cotidianidad, Víctor Muga que es un tremendo poeta. La gente de La Tijereta. Nada muy literario.

¿Antes sí fue así con el Taller Buceo táctico?

Se dispersó el taller por distintas razones. En este pueblo cuesta juntarse y aunar voluntades, porque todo finalmente fenece en la nada, como en una abulia.

¿Cómo fue tener a Marcelo Mellado en San Antonio?

Fue genial, le dio mucha vida cultural. Fue el único escritor que ubicó a San Antonio en la mira de los análisis, de las políticas, quien más lo ha situado.

Fue bastante refractario además, ¿podríamos leer a Roberto Bescós si no aparece Mellado?

Probablemente no.

¿Crees que hay un silenciamiento de los escritores de provincia?

Hay una marginación clara.

¿En qué se manifiesta?

En la difusión, en los artículos. A los escritores apenas les va bien se van a Santiago. He resistido en esta provincia que no es cualquier provincia, al salir me di cuenta de lo que era realmente.

¿Te puedes imaginar una educación poética? 

La única forma es que entre al colegio, como lo hace la Alejandra del Río.

¿Nos podrías contar qué se viene pronto?

Me invitaron al festival de poesía y música a propósito de mi lectura en el festival de La Chascona, estoy ensayando con dos músicos, todo gestionado por Martín Gubbins, que quedó bastante conmovido con “La ciudad No”. Me decía que pasó una semana con el poema en su cabeza. A él se le ocurrió una propuesta con drum´n bass, pero con uno brígido, que va de menos a más y con ciertos elementos militares en la caja. Se estrena el 6 de septiembre en el Centro Cultural de España.

 

 

RESEÑA

Estética del Tajo

Florencia Smiths

Libros del Pez Espiral

48 páginas

Por ANA LAZO

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Los títulos que componen esta obra compilatoria de Florencia Smiths hacen presagiar la naturaleza del texto a leer. “El margen del cuerpo” (2008), “La ciudad No” (2009) y “La velocidad de la caída” (2015) constituyen bloques sólidos de poesía, mezcla de prosa y verso para dar a conocer un mundo lleno de símbolos que dicen relación con lo íntimo, lo doméstico, lo carnal y lo onírico, entre otros elementos.

La escritura como respiro y motivo es uno de los hilos conductores para los primeros textos  de la poeta nacida en el puerto de San Antonio: “Escribiendo acude a la superficie, a la escara, a la sutura, puede nombrar cuanto existe, hacerlo existir, como si tuviese desde mucho antes la experiencia de la sintaxis, en contraposición a ese defecto de la desadaptación”.

Grandes bloques de potentes oraciones y preguntas inolvidables se entremezclan en un bombardeo emocional y conforman la parte central del compilado, donde se utiliza la barra oblicua para separar ideas sueltas (conexas e inconexas) que imitan la silente verborrea de una mente. “Yo digo que me llamo Ana tal vez Sara/ quizás Clara/ yo digo que tener sólo/ una ciudad como esta/ sin fundación ni veneno/ sin uñas sin dientes sin cura sin vientre”.

El tercer apartado de “Estética del Tajo” comprende casi una centena de poemas cortos. La pareja, la casa, los platos, sucios, el sexo y el acto de escribir se dejan ver como por el ojo de una cerradura vieja. Un olor a suicidio exuda de estas páginas finales cuyo título-“La velocidad de la caída”-no tiene nada de casual.

“Aquí no se puede convivir

no se puede comer no se puede beber

no se puede dormir no se puede pensar

mientras contemplamos el paso de lo absurdo

cuando somos nadie

cuando pareciera que recién nos descubrimos

cuando tomamos té

mientras alrededor de nosotros

se caen los discursos

y las paredes abiertas

sucumben desde dentro”

La portada en rojo intenso evoca la sangre que mana de la herida abierta que recorre toda esta antología. La fisura también está plasmada como corte en el papel que protege los versos de la tríada escogida para la publicación.

La invitación a dar lectura a esta revisión de veinte años de poesía la hace Malú Urriola, citada por la autora en el preámbulo de su entrega literaria dedicada “a la memoria de Manuel”. La desesperanza y la fatalidad asociadas al acto de escribir se refocilan en el extracto escogido para dar la bienvenida a quien desee escudriñar en el tajo.

Con casi veinte años de historia entre el primer y el último verso de “Estética del Tajo”, la poeta Florencia Smiths nos entrega en sus textos diferentes versiones de sí misma, diversas en forma y fondo, donde la tecla de la sinrazón del oficio/vida es protagonista que resuena, una y otra vez.

(Publicado en la edición de agosto 2018)