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ENTREVISTA

LA VOZ DEL DIABLO

Uno de los primeros rasgos críticos que se destacan en la obra de Cristián Geisse es su oralidad, que viene efectivamente con él. Se lo lee como se lo escucha, afirmado en un bar, oscilante, donde sus palabras son el movimiento.  

por CRISTÓBAL GAETE
Fotografías: John Uberuaga

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A los editores independientes está bueno para mandarlos a buscar la muerte. Se demoran más que la chucha. No siempre ha sido así, pero yo lo entendí sobre todo con mis primeras experiencias. Había una demora cuando uno recién estaba entrando en el sistema, a mí me nunca me llegó a desesperar, pero daba la impresión de que en cualquier momento se caía el proyecto. Y yo he publicado mucho en independientes, pagando y sin pagar. Ni menciones en la entrevista “Calabriadas”, huevón maricón; contigo Perro de puerto, Inubicalistas, Altazor, Cinosargo, Bordelibre y Hebra. Han sido experiencias súper positivas, uno veía escritores detrás de los editores, gente que estaba interviniendo de una manera no necesariamente precaria, a veces bien combativa y con dificultades el campo literario y cultural; en cada editor hay una posición sobre el sistema. Por otra parte eran los únicos que se arriesgaban conmigo. Nadie me conocía; de hecho, había algunos que se arriesgaron porque pagué, pero fue la minoría.

Sobre los apócrifos, alguien tendría que ofrecerme a ordenar esa parte de mi obra, pero no hay nadie que quiera hacerlo porque no está mi nombre ahí. Me han llegado a decir tú ya tenís un nombre y tenís que dejar de hacer el proyecto de la forma que lo estái haciendo. Me parece horrible. Yo tengo dos libros en preparación en la misma línea. Hice un taller y salió la raja, con muy buenas ideas. Es un formato que permite crear cánones alternativos, deslizar críticas sobre cómo funciona la cosa, al mismo tiempo dar una percepción sobre de qué manera está viva la literatura, practicar esto de la realidad/ficción de manera reflexiva, porque te apoyas en los paratextos. En algún momento, en algún programa de literatura creativa, o reuniéndome en un laboratorio con personas específicas, se podría hacer un esfuerzo coordinado que incluyera crítica apócrifa, entrevistas apócrifas, genealogías. Sí, tú querís hasta cierto punto intervenir desde un punto de vista insólito. Todo un mundo literario apócrifo en lo que llamo el descuartizamiento del autor, porque se hace colectivamente. Hubo escasos textos críticos de esos libros que hice, pero fueron cómplices, entendieron el proyecto: jugaron en la misma sintonía.

Me interesa que escribir no sea una carga, que ayude hasta donde se pueda, ahora yo entendí que lo más seguro es que no llegue a vivir de esto quizá nunca, cada vez he tenido más posibilidades económicas alrededor de esto, pero nunca al punto de que me haya permitido sobrevivir. Igual he recibido harta ayuda y tiempo, mientras más tenga mejor, pero siempre he tenido que mantener un trabajo alternativo que me permita tener cierta dignidad, para que no anden preocupados de ti, que tú mismo no andes pasando rabia, que no andís a la pecha, que después no haya que hacerte una colecta para que te compren el ataúd. Hay grandes próceres que han estado en esa situación, pero no es lo que me gustaría para mí. ¿A vos te gustaría?

A mí me gusta tener compromisos serios de trabajo, soy capaz de responderlos en la mayoría de los casos, tener un plazo y tener un compromiso real. Soy, en ese sentido, cumplidor: me ayuda a sentarme a trabajar y estoy pidiendo hace rato algo o alguien que me ponga en esa situación. Aparecen cosas. Lo malo de los Fondos del Libro es que no está ese huevón ahí diciéndote cumple. A mí me gustaría algo que me diera todavía más constancia.

No me imaginaba que iba a llegar hasta aquí. Y esto que vos decís, lo único que va a conseguir es que haya huevones hablando mal de mí. Yo tengo rasgos de personalidad de lo que llamo el Síndrome del impostor, de una persona que siente que le dicen cosas y piensa que no corresponden necesariamente a lo que está haciendo realmente. No tiene que ver con interpretaciones, sino con creer en esto. A pesar de que hay muchas cosas que me confirman que quizá voy bien encaminado, no termino por convencerme, pero creo que se va acercando el momento: “Nunca es suficiente hasta que es más que suficiente”, dice William Blake.

Busco no saber nada: no estoy en las redes sociales; me sorprende cuando la gente me dice que tengo seguidores; de hecho, me parece raro. Me parece saludable no creerme el cuento de esa manera. Todavía quizá sea bueno pensar que no hay nada parecido a un camino, a una consolidación, para seguir trabajando fuerte; también es bueno saber qué está ocurriendo para que no haya frustración. Porque un tiempo hubo frustración: me sentí como Alfonso Alcalde en mayo —estoy seguro que en mayo le daba la cuestión: nadie me quiere, nadie me lee y he gastado mi vida en esto—; en un momento llegué a sentirlo con tanta intensidad que casi dejo todo botado. Yo no estaba consiguiendo nada. No había críticas positivas. Nunca me invitaban a alguna parte, me estaba costando sobrevivir. Como dice Mario Verdugo, a veces esto funciona en medio de una incertidumbre total. Aun cuando triunfís y tengas un éxito relativo, eso no quiere decir que tu obra sea necesariamente buena. Y aun cuando nadie te pesque y estís trabajando de una forma subterránea y apenas percibida, en una de esas estái haciendo una obra realmente buena. Puede ser que el mismo campo cultural necesite de vos y te convertís en un pararrayos de ciertas perspectivas. Yo odiaría pensar que se recoge lo mío para tratar de diferenciarlo de lo que a ellos no les gusta, como una alternativa. No lo hago para contraponerme a ellos: en los escritores jóvenes sucede; sucede que los campos culturales los necesitan; de repente los ensalzan y llega un momento en que los dejan a la deriva, y el tipo de repente se creyó el cuento.

 

En Vicuña me puedo sentir cómodo, porque soy de allá, nací allá, me crié allá, parte de la realidad más cruda, profunda y brillante la conocí allá, pero nunca mi intención fue quedarme para siempre y a veces me siento encerrado. No es porque lo halle penca, es porque el trabajo que hago lo haría desde cualquier lugar. Está esa mezcla, un refugio, también una prisión. Está ahí una parte importante de mi mundo, pero me da susto que ese sea todo mi mundo, y me agrada vivir allá, pero al mismo tiempo quisiera que nadie me leyera allá, que nadie me viera como un escritor. Uno tiene que escribir de lo que conoce, recomienda Chéjov; Vicuña no es lo único que conozco, pero hay experiencias profundas, con las que tengo más sintonía.

Estoy tratando de hacer novelas. Quiero variar, experimentar, jugar con formas, estructuras; sigo trabajando en que lo que escriba no sea difícil de leer. Comprendí en “Catechi” que la fragmentación podía ser más amable con los lectores, menos agotadora. Era originalmente una larga oración, sin puntos ni comas; deformando llegué a esto. El fragmento breve de cierta forma da agilidad y vuelve menos pesado el acercamiento al texto, sobre todo para que los jóvenes puedan acercarse con mayor facilidad. No estoy desesperado buscando lectores, pero espero que se entienda. Una de las estrategias es escribir un libro que a uno le habría gustado leer. Y no siempre se consigue. Hay ciertos libros densos a los que a mí personalmente me cuesta acceder. Disfruto mucho cuando encuentro libros que no son simplones, me atrapan y me llevan y me hacen desear estar leyendo. Hasta Faulkner, ¿has leído algunas partes donde él es gracioso? Es súper ambivalente, porque hay partes donde uno no entiende nada, pero hay partes donde estás disfrutando. Fiódor Dostoyevski y Walt Whitman valoraban muchísimo la literatura popular de sus épocas: ellos no necesariamente producían ese tipo de literatura pero encontraron recursos allí, que hacen disfrutables sus textos. Dostoyevski no fue un gran experimentador formal, pero la profundidad con que se acercó a la realidad es de máxima intensidad; he vuelto a leer hace algunos años atrás “Los demonios”, que fue un libro que durante la adolescencia me pegó una patada gigante y ahora lo hallé medio pechoño; contrapone al desnudo un punto de vista sin sentirlo algo propio; solo para que dialogue con otro con una honestidad brutal, media suicida. Intensidad, es algo que puede ser destacado. Gabriela Mistral es la que dice que el arte no soporta la mentira, y a veces uno detecta de forma casi inmediata cuando hay verdad en algunas propuestas; eso tarde o temprano trae recompensas.

Los poemas son para eunucos, jajaja. Me dan ganas de desarrollar proyectos poéticos. A mí me pasa con la poesía que yo puedo entrar en un trance de trabajo y pasar horas hueviando, y con la prosa no, me cuesta, me tortura; para avanzar tengo que esperar a tener un montón de material, decir “acá hay algo” para comenzar a trabajarlo. Con la poesía es lo contrario, yo puedo avanzar rápidamente, llegar a ese bloque antes. Ese placer me acerca a veces a querer escribir poesía, pero sin mucho convencimiento; de todas formas tengo ahí unos proyectos, y volvería a realizar un proyecto colectivo. Y si esto prospera, se me ocurren tantas cosas.

No he podido terminar una novela. Todas esas antologías apócrifas son novelas, esta es la de es un viejo de 86 años que hace traducciones de canciones de la misma forma que Alcalde hace sus traducciones libres, este viejo se enamora de una forma desesperada porque la mujer es mucho menor. El libro parte con un suicidio y el compilador es Fernando Navarro Geisse, y no he podido terminarlo, tengo todos los poemas hechos.

Publiqué con una transnacional para conocer el sistema por dentro. Lo escuchaba en las entrevistas no más, fue un poco eso. Lo que pasa es que con las editoriales independientes es un público cautivo, específico. Son lectores dedicados, con cierta formación. Yo creo que con Emecé el público se amplía un poco.

Lo de los Pueblos Abandonados estaba en el aire, varias personas lo intentaron hacer con resultados distintos. Marcelo Mellado y Óscar Barrientos lo articularon, nosotros trabajábamos desde la provincia, también Mario Verdugo y Daniel Rojas Pachas. Yo intervengo menos en los campos culturales, no me gusta hacer encuentros; es poco productivo, riesgoso, pero bien urdido se abren posibilidades, como lo que pasó en los Pueblos Abandonados.

Todos se acuerdan de las muertes que ha producido el alcohol; nadie se acuerda de todas las vidas que ha producido el alcohol. Hay cosas que no conocería, espacios que nunca hubiera ingresado, gente que no hubiera conocido, a la que nunca me hubiera atrevido a hablar y una literatura a la que nunca hubiera llegado si no fuera por el alcohol. En la relación  del alcohol y la literatura, me quedo con la tradición del carnaval: Rabelais, Petronio, Henry Miller, una relación sana y vital, que no necesariamente los hunde sino que los exalta-.

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Dónde estás Fernando Navarro?

por DANIEL TAPIA

La obra literaria de Cristian Fernando Geisse Navarro (Vicuña, 1977) es múltiple y diversa, así como también sólida e intrincada. Su trabajo como investigador y compilador de la obra de Alfonso Alcalde, responsable del nuevo aire en la valoración de la escritura de este autor, siempre le dejó la vara alta. Ha creado máscaras y seudónimos para publicar sus libros de poemas, incursionando en el panorama literario del neoapócrifo, en los que ejecuta intertextualidades entre realidades literarias paralelas. 

Hasta la aparición de Ricardo Nixon School (Emecé, 2016), sus obras narrativas fueron publicadas por pequeñas editoriales en escasos tirajes con la equivalente distribución. Así el panorama, sus libros difíciles de encontrar adquirieron un  valor agregado entre los lectores y fueron circulando de mano en mano.  

“Calabriadas” (El Espejo de Tinta, 2003), es su primera y obviamente renegada publicación. Es un conjunto de poemas que ya esboza el inicio de su aventura temática y estilística. La publicación fue producto de un concurso convocado por esta editorial estudiantil ligada a la PUCV, donde ganó el premio. En el título ya se infiere la importancia que tendrá el tema del alcohol en la obra de Geisse: una calabriada es una mezcla de vinos tinto y blanco. Los poemas se titulan “Advertencias del escanciador”, “¿Qué sacas con llorar?”, “Salmo 666”, “Que el que llore sepa”. Varias veces escuché que reunirá los 150 ejemplares y los quemará.

“¿Has visto un dios morir?” (Perro de Puerto, 2009), fue resultado del esfuerzo de esta pequeña editorial que incluyó el título en una colección de libros en pequeño formato. Manufacturado en una fotocopiadora de Avenida Argentina con la complicidad de amigos, el librito tuvo una gran acogida en Valparaíso a pesar del tiraje de un poco más de 100 ejemplares. Fue leído y difundido en diarios y de mano en mano. Distribuido en la también pequeña librería Crisol o en Lagar. No era para menos: el cuento impactaba a cada lector que tenía. Era un perfecto producto, mezcla de la remecida rítmica de la narrativa de Geisse, y los temas que aborda el cuento: desde la extinción del pueblo diaguita hasta la tan inevitable deserción estudiantil, y atravesando todo eso, oscuras sicologías, violencia, drogas, alcoholismo y alucinaciones, la aparición del diablo, ese diablo que nos enseñan a ver desde chicos. Y desde ahí la pobreza y la depredación del capitalismo. 

Dejando fluir el esfuerzo con Perro de Puerto, aparece “En el regazo de Belcebú” (2011), colección de 6 cuentos que da inicio al proyecto de ese libro de 18 relatos consagrados a narrar zonas oscuras de personajes contrariados pero de refulgente belleza, y que ha aparecido finalmente como “Pobres diablos” (Emecé, 2018). “En el regazo…” incluye el subterráneamente exitoso “¿Has visto un dios morir?”, además de “El Cachúo” o “El duende”. Un cuento excluido de esta última edición y que se puede leer en la de la editorial porteña es “Nefilim”, relato que narra la historia de Ignacio, un niño nacido una noche extraña y con una mágica conexión con el fuego. Ya tendremos noticias de ese cuento. 

Buscando una mejor distribución para su obra, publica “El infierno de los payasos” (Altazor, 2013). Es la segunda entrega de 6 cuentos que siguen la temática de los personajes y sus demonios. Se incluyen las desventuras de profesores y retrata con un realismo irónico, descarnado y alucinante, la realidad de quienes eligen la educación como campo laboral. “Ricardo Nixon Shcool” es una versión en novela del último cuento, “La hora del quiltro”, donde el personaje se llama Navarro, lo que es un claro guiño a su experiencia biográfica en Valparaíso. 

En sus tierras natales, se publica una compilación de 3 cuentos: “Ñache” (Bordelibre Ediciones, 2015) que incluye los ya publicados “¿Has visto…” y “Marambio”, además de  “El gallo negro”, un inquietante cuento inédito; los 3 unidos por el hilo conductor del ñache, una droga inventada en la narrativa de Geisse, que no se sabe bien de qué deriva pero sí que hay sangre de cabras que comen yerba loca de por medio, y que permite tener alucinaciones grupales, un aspecto importante a la hora de entender cómo se concibe colectivamente el universo de lo demoníaco en la obra del autor. Los personajes de estos cuentos interactúan de una historia a otra, por lo que se lee muy bien como unidad. 

Hasta aquí, el panorama de lo que Geisse ha reconocido públicamente de su autoría. Es principalmente su obra narrativa, en la que se siente más cómodo y asumido. Su obra poética, en cambio, a excepción de ese primer libro que es “Calabriadas”, está publicada a través de seudónimos y heterónimos y es también una historia en sí misma: Geisse ha construido un universo paralelo para darla a conocer. Imbricándolas igual y peligrosamente a la biografía y a la realidad. La temática de sus poemas es esencialmente la misma que la de sus cuentos, dejando libres todas sus entelequias y gólems. 

“Los hijos suicidas de Gabriela Mistral. Antología poética de jóvenes del Valle del Elqui” (Ediciones Incubicalistas, 2010), es su primer intento por fundar esta otra realidad en la que se sustenta su poética. El antologador es un profesor ficticio llamado Leonidas Lamm, quien reúne esta muestra de poemas desde Alemania, pero termina suicidándose. El testimonio lo toma Fernando Navarro Geisse, considerado en la antología, quien escribe un epílogo explicando lo sucedido. Así, esta antología es realmente una novela, y todos los poetas incluidos son gólems del mismo Geisse. 

A través de H.H. Ochoa, publica “El pequeño odioso. Antología de poetas precoces chilenos” (Altazor, 2012). En esta nueva antología, Geisse ocupa la labor de compilador que él mismo se impuso para otro ejercicio de ficción. En este libro es donde se menciona el neoapócrifo y cómo actúa este en la literatura produciendo equívocos y confusiones, mezclando realidad y ficción. Los poemas seleccionados fueron escritos por personas designadas especialmente a su petición. Hay varios detectives que tienen pistas para develar quiénes estuvieron tras este juego y cuáles eran las intenciones de Geisse en este nuevo peldaño en su obra. 

Fernando Navarro Geisse es responsable de la aparición de “Los nortes que hay en el norte. Antología de poetas nortinos” (Cinosargo, 2014). Nueva compilación de heterónimos con poemas en verso y prosa y hasta dibujos. Es la segunda entrega que se vincula con la marginación del discurso de provincia, la precariedad en la que viven los poetas y lo difícil que es producir algo bello desde ahí. 

“Tres poemas” (Hebra Editorial, 2015), es el último libro de esta saga. Enunciado como siempre con vertiginosa vitalidad, es la insistencia hacia una poesía joven, entusiasta, enrabiada quizá, que nos muestra en sus libros anteriores. Aparece nuevamente su impronta mistraleana, de la cual es justo heredero, y lo enlaza con otra de sus obsesiones: Juan Miguel Godoy, Yin Yin, es antologado en “Tres poemas”, donde por primera vez es resucitado como personaje, inventando poemas de su autoría. La inclusión del cuento “¿Estás ahí, Yin?” en reemplazo de “Nefilim” en “Pobres diablos” es una muestra más de la importancia que tiene el hijo de Gabriela Mistral para este autor. 

Los libros publicados de este escritor vicuñense, tanto los de autoría reconocida como los que no la tienen, configuran un universo único en el panorama de la literatura chilena actual. La consistencia de su trabajo no podía llegar sino a la propagación y lectura de su obra. Una obra que siempre va más allá de sí misma buscando intersticios que la hagan temblar. Como escribe uno de sus tantos otros, Ignacio Recabarren, un anciano de 93 años que desde la comuna de Renca, escribe como un adolescente: “Frente al espejo no te verás en ese rostro exhausto / que se burla de ti del otro lado / donde se halla tu yo verdadero. // Qué más da.”. ¿Dónde estás Cristian Geisse? 

(Publicado en la edición de noviembre del año 2018)