Reseña

El púgil

MIKE WILSON
Lecturas
125 páginas

por MATÍAS ÁVALOS

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El gesto es clásico y abundan los ejemplos, Arlt traduciendo a lunfardo “Los demonios” de Dostoievski escribe “Los siete locos”, Corneille reescribe un mito fundante de Roma y produce “Horacio”, Brecht lo reescribe en “Los Horacios y los Curiacios” y unos años después Heiner Müller hará lo propio escribiendo “El Horacio”.

Mike Wison dice ¿qué pasa si hago mi reescritura de Blade Runner en un plano de relato y en otro pongo a Erdosain a protagonizar Inteligencia Artificial de Spielberg, reemplazando al Astrólogo por Hal, el ojo rojo de 2001: Odisea del espacio? El resultado también es clásico, un libro tenso, lleno de información, arriesgado.

“El púgil empieza con una escena dramática: el protagonista cae de rodillas en la lona del mítico Luna Park y se pone a llorar a cántaros ante un público enardecido. Inmediatamente hay que salirse de ese lugar, el box es la excusa para producir al antihéroe, porque lo verdaderamente difícil, afirma la trama, sucede siempre después de la derrota. En su departamento, aniquilado por la resaca de la pelea, escucha una voz metálica que lo saca de sí, su refrigerador le habla.

Esas palabras mecánicas lo regresan al problema introducido por su amiga: al apuntar una cámara de video al monitor en el que está conectada, se produce una réplica sin fin del vacío del lente. ¿Hay algo detrás de mi reflejo? La paradoja no es tan informática si se recuerda la famosa frase de Georg Büchner “cada ser humano es un abismo” que tanta escritura dio al psicoanálisis.

Pasando en limpio, ambas escenas se preguntan si detrás del procedimiento según el cual nos relacionamos con el mundo, detrás de todos esos pensamientos: ¿hay un pensador? ¿es la autoconsciencia suficiente prueba de que somos alguien?

La respuesta de Wilson es de ciencia ficción. Poner en duda sistemáticamente  la realidad de los personajes y lo que ellos creen ser, condición necesaria del género que puede leerse en el Phillip K. Dick de “Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” o en algunos capítulos de Black Mirror: Se conduce al protagonista a una serie de hechos en distintos planos de la realidad, cuya división se va borroneando a medida que avanza el libro, hasta que al final, todo forma parte de la misma masa heterogénea de sensaciones, certezas y especulaciones que dentro de “El púgil” constituyen el mundo.

Una advertencia: la saturación de referencias genera problemas de lectura, hay algo juvenil en el autor que se ve reflejado en una no tan lograda teatralidad de la narración. En muchos pasajes, el personaje sabe y cuenta al lector lo que hasta ese momento venía haciendo el narrador. Idas y vueltas que junto con el hincapié en ideas filosóficas llaman la atención, viniendo de la pluma del autor de “Leñador”, una novela con precisión de bisturí.

Las posteriores publicaciones de Wilson aclaran la obsesión con Wittgenstein, lo cual nos lleva a la pregunta que rodea al acto de reeditar un libro: ¿por qué?, ¿cómo leer una novela que tiene diez años? ¿Tener en cuenta la obra por sí sola o relacionarla con los posteriores libros del autor?

Kant dice que el fin de la naturaleza debe ser buscado por encima de la naturaleza, así, a la pregunta del por qué hay que responder con un para qué. En el caso de “El púgil”, porque la agilidad de la pluma, porque la voluntad de la temática, porque la potencia de la obsesión: para que los escritores contemporáneos se arriesguen y expongan. Para que, como dice Aira, los lectores vuelvan a recordar por qué les gustaba leer.

(Publicado en la edición de junio de 2018)