LIBRES CREADORES

DIÁLOGO DE DESAPARECIDOS

ENRIQUE LIHN
Overol
61 páginas

Image

SOBRE EL AUTOR:

Nació en 1929. De los mayores poetas de nuestra tradición, destaca en su obra “La pieza oscura” (1963), “La musiquilla de las pobres esferas” (1969), “París, situación irregular” (1977) y “El Paseo Ahumada” (1983). Experimentó con otros géneros en prosa, cómic, e incluso en formato audiovisual. Falleció en 1988 dejando un legado que solo crece con el tiempo. Overol también ha rescatado producciones que amplían su acervo, como “Las cartas de Eros” (2016) y “Poetas, voladores de luces” (2017). Esta edición incluye un postfacio del editor Andrés Florit.

De I

Una mujer de edad se retira del confesionario. El cura aguarda un momento; luego descorre el telón y mira hacia un individuo que permanece arrodillado en las cercanías, en una de las bancas de la iglesia.

El cura: Y usted, ¿se va a confesar?

Desaparecido: No.

La penitente: ¿Yo? Pero si acabo de hacerlo, padre Carlos. Ahora le rezo sus penitencias.

El cura (extrañado, al desaparecido): ¿Alguna otra cosa? Esta es la hora en que si alguien me ne­cesita viene por mí a la parroquia. Eso lo sa­ben algunos agentes que… y mis feligreses.

(La penitente mira al cura con extrañeza.)

Desaparecido: Soy un desaparecido, padre. Ella no sabe con quién está usted hablando.

El cura: ¿Un desaparecido?

La penitente (nerviosa, se vuelve hacia el cura): Usted parece que espera a alguien, padre.

El cura: Así es, Adelina. Puede rezar sus peniten­cias en el camino de su casa. Y no exagere el número de avemarías, usted no se parece en nada a una pecadora. Ande.

(La penitente se retira.)

El cura (al desaparecido): Yo diría que por estos la­dos, los pecadores de verdad escasean cada día más. El sufrimiento los ha redimido muchas veces en pocos años.

Desaparecido: Usted tiene una idea un poco rara del sufrimiento. Supongo que en el infierno los condenados sufren; pero eso no los hace mejores.

El cura: No creo en el infierno. Aquí tiene mi confesión. ¿Y la suya?

Desaparecido: Lo contrario, ninguna. Solo he ve­nido a pedirle un servicio, pero no voy a ha­cerlo de rodillas en ese confesionario.

El cura (sale del confesionario y se desplaza por la iglesia): Está usted de rodillas en una de las bancas de mi parroquia.

Desaparecido (se sienta): Es una idea suya, padre. No estoy aquí de ninguna manera. A usted le toca verme como quiera. Pero, en cualquier caso, usted podría hacer un gesto con la mano y tarjar mi nombre de la lista. Me llamo Juan Guillermo Alcalde.

El cura: Estás en la lista de los desaparecidos. ¿Crees tú que yo puedo usarla como si fue­ra mi libreta de direcciones? La Iglesia y sus abogados, personas dignas de todo el respeto público, han elaborado esa lista con los mayo­res escrúpulos. Si estás en ella, es porque exis­ten testimonios y pruebas irrefutables de tu desaparición; porque tus familiares o amigos agotaron todos los medios imaginables para dar con tu paradero. No estás en esa lista, Juan Guillermo, por una decisión personal que yo pueda revocar bajo tu instigación.

Desaparecido: Es cierto. Me detuvieron unos agentes en mi casa y me hicieron desaparecer en una clínica. Todavía estoy vivo en alguna parte, o mejor dicho, me obligan allí a sobre­vivir. Pero usted sabe, empiezan a aparecer los desaparecidos, vivos o muertos. Entonces se escribirá la historia de unos y otros. Yo no les convengo a ustedes como personaje de esa historia.

El cura: ¿De qué conveniencias me hablas?

Desaparecido: Dígales a esos abogados tan dignos de confianza que la Iglesia, en mi caso, defien­de los derechos humanos de alguien que no los merece. La causa de los desaparecidos va a perder conmigo ese airecito que ustedes le han dado, de cosa edificante. Cuando se sepa que una de las víctimas fue quien les dio a los verdugos la pista de tantas, pero de tantas otras. Por mi causa desaparecieron muchos desaparecidos.

El cura: Sabemos ya de otros casos de delación. La tortura no es precisamente la escuela del heroísmo: arroja a la misma inhumanidad a la víctima y al verdugo, en la gran mayoría de los casos. Nuestra tarea no es la de juzgar a quie­nes padecieron la tortura, sino la de acogerlos a todos en un movimiento de solidaridad que la haga imposible, otra vez, en la historia de este país. No andamos a la búsqueda de un nuevo santoral, sino de la verdad de la tortu­ra, que no puede ser, en sí misma, edificante. Hemos intentado reunir la información que se necesite para destruir la tortura, sobre la cual no puede fundarse una sociedad humana.

Desaparecido: Ya me habían dicho que era usted un cura elocuente. Me siento incapaz de replicarle. Pero, bueno, ¿qué pierdo con hacerlo? Jesucristo fue torturado, y luego todos los santos márti­res. La Iglesia, ¿no le debe nada a la tortura?

El cura: Si he sido elocuente fue por necesidad, pero no te voy a dar en el gusto de hablar por hablar, haciéndome cómplice de ese toni­to de ironía que empleas con la Iglesia, Juan Guillermo. Si fueras católico, te aconsejaría la confesión. Ahora te tortura tu conciencia.

Desaparecido: Soy un delator. Esa es mi confe­sión. Quiero mi penitencia: que la Iglesia so­bresea mi caso como lo hicieron antes, una y otra vez, los tribunales, por presunta desgracia. Que me borre del mapa de los desaparecidos.

El cura: La delación no la consideramos un peca­do en el caso de los torturados. Y la penitencia solo te la puede dar el sacerdote después de la confesión. La que tú pides lo mismo puede ser la expresión del arrepentimiento que el miedo a la opinión. Si se ignorara la historia de tus delaciones nos mutilarías la verdad en lo que respecta a los desaparecidos.

Desaparecido: Así es que no cambiaré de condición, vivo o muerto, a pesar de todo lo que haya podi­do hacer. Seré mañana o pasado lo que soy ahora, un desaparecido. Reaparecería si ellos perdieran, por fin, el derecho al secreto y a la impunidad, y se vieran obligados a comparecer ante los tribu­nales y defenderse allí. Entonces seré una de las pruebas a su favor. La gente odia a los renegados.

El cura: Los casos son muchos, pero tengo buena memoria. He revisado, por lo demás, muchas veces la lista de los detenidos desaparecidos, conozco sus expedientes.

Desaparecido: Y eso qué.

El cura: Juan Guillermo Alcalde, creo que lo re­cuerdo. Tú eras ese estudiante que aprehen­dieron una noche de febrero del 74; habías regresado a tu casa en Santiago. Tu familia ve­raneaba todavía. Fuiste un líder estudiantil, un joven aventajado. Y costó mucho saber algo de ti. Se escucharon gritos en el vecindario.

Desaparecido: No se sabe más que lo que se sos­pecha.

El cura: Algunas delaciones solo podían venir de ciertas personas identificables, otras, no. Las primeras, por muy lamentables que fueran, eran como las señales de vida de esos desapare­cidos que no habían logrado resistir la tortura.

Desaparecido: ¿Cree usted que ese fue mi caso?

El cura: No lo recuerdo en detalle. Solo te estoy ayudando a recordar. Aunque solo hicieras memoria de ciertos hechos, descargarías tu conciencia.

Desaparecido: Confesión y psicoanálisis.

El cura: ¿Por qué no? Estamos tratando de ayu­dar a los que reaparecen o a los que, como tú, puedan reaparecer el día de mañana, muy dañados. Dios santifica todos los medios que sirvan para reparar el daño que ustedes hayan padecido en su alma y en su cuerpo.

Desaparecido: Es decir, aquí no se trata de cate­quizar a nadie.

El cura: Eres tú quien lo dice.

(…)

(Publicado en la edición de septiembre de 2019)