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ENTREVISTA

Desacelerar la experiencia para experimentar la certeza

Narrador, docente, investigador. Cercano, directo, simple con lo difícil que es llegar a serlo. La escritura de Mike Wilson es el arte de habitar y expandir los espacios que ella misma construye.

Texto: Matías Ávalos

Fotografía: Raúl Goycoolea.

Propongo cambiar una palabra para referirnos a la vida literaria de quienes escriben: carrera por camino. Lo pensé durante la lectura de los 9 libros que lleva publica- dos entre novela, ensayo y nouvelle Mike Wilson (Misuri, 1974).

La palabra carrera tiene una connotación de velocidad y competencia, pero esa es una crítica habitual, me interesa otra. En una carrera se va de un punto a otro, ese es el objetivo, y cuanto más recto mejor. Al revisar los trabajos de Wilson podemos ver «un orden lógico de transformaciones sucesivas» desde los collage de influencias literarias de sus primeros libros, a las respuestas portentosas a las mismas preguntas trascendentales de los últimos, pasando por un medio de investigación rigurosa, de acercamiento y difusión a obras y problemas, tan difíciles como luminosos y necesarios: la relación entre cognición y literatura (Where is my mind? Cognición, literatura y cine, Cuarto Propio, 2012), el pensamiento de Wittgenstein (Wittgenstein y el sentido tácito de las cosas, Orjikh, 2014). Todo esto suena lógico a posteriori, en perspectiva, pero en cada momento sus gestos son radicales y arriesgados: una vez doctorado decidirse por Sudamérica; salirse del amparo de una agencia literaria y una editorial grande en función de entrar en proyectos escriturales complejos en editoriales de nicho, o en ciudades distintas de la que reside.

Esto es posible si se concentra en lo que importa, ni la lectoría, ni la venta, ni el estilo que más o mejor llegue, ni las teorías que más convienen articular conforme al paradigma —más comunicacional que filosófico— que esté de moda, concentrarse exclusivamente en escribir. Mike Wilson con su «página o página y media al día», con su «desaceleración de la experiencia» a partir de las descripciones, se convirtió en una de las voces más sólidas y oxigenantes de la narrativa chilena.

 

Naciste y te criaste en Buenos Aires, ¿cómo llegaste a Chile?

Yo estaba estudiando en Cornell, haciendo un doctorado y cuando terminé sabía que quería volver a Argentina o venirme a Chile a vivir, que en EEUU no me iba a quedar, no me sentía cómodo, me encanta visitar, tengo mi familia allá, es un excelente lugar para estudiar, pero para el día a día no. Cuando terminé el doctorado estaba toda esta situación Argentina del corralito y los 20 presidentes en una semana, buscar un puesto en una universidad en ese momento de crisis era por lo menos complejo; además, yo viví en Buenos Aires la época de la híper inflación a fines de los 80’, y esa incertidumbre es difícil. Entonces me vine a Santiago cerca del 2005 y ya cerca del 2009 pasé a la planta fija de la Universidad Católica. Estoy muy feliz ahí. Así que me quedé.

¿Santiago era una opción latinoamericana alternativa a Buenos Aires o tenías relación anterior?

No, cuando era chico viví acá un tiempo y visitaba seguido, me sentía en casa acá y como en Buenos Aires estaba muy difícil me decidí venir.

¿El púgil es contemporáneo a esa crisis argentina?

Claro, lo empecé a escribir cuando estaba en Cornell todavía, luego lo dejé ahí y lo tengo que haber terminado como en el 2006. En el 2008 se publicó.

¿Es una autoedición? Tenía entendido que Forja hacía las veces de impresores de algunos autores

No, es una editorial chica. En esa época nadie sabía quién era dentro del mundo de la literatura, fui a un montón de editoriales independientes chicas que no me pedían plata, esa era la premisa, que no me pidieran plata, y finalmente salió por Forja que en ese tiempo igual sacaban libros interesantes. Y le fue bien. Circuló el libro, circuló, que eso es importante. En esa época había muchos más medios, más espacios para lo cultural. Todavía en esa época El Mercurio tenía una revista de libros aparte del Artes y Letras, La Tercera tenía una revista de cultura, había más espacios para la circulación. Yo creo si ahora saco mi primer libro la tendría difícil, con suerte obtenga una mención en algún sitio en internet, quizás. Además ahora se edita mucho más. Eso igual me gusta mucho.

Después de eso viene el trabajo con agencia literaria, ¿cierto?

Sí, después de El púgil de la agencia de Guillermo Schavelzon y estuve con ellos para Zombie y Rockabilly ambos publicados en Alfaguara, 2009 y 2011, respectivamente]. Al final de esos libros me alejé tanto de la editorial como de la agencia.

¿Cómo es pasar a formar parte de una agencia?

Me llegó un mail proponiéndome trabajar con ellos. A mí también me sorprendió. Y la experiencia estuvo bien, es grato no tener que preocuparse por cosas de contrato y eso. Pero en general tampoco les convenía yo. No vende mucho lo que escribo y ellos viven de eso, ventas, cantidades, y tampoco me sentía muy cómodo después de esos dos libros en una editorial muy grande, es- tuvo bien la experiencia pero a mí no me acomodaba. No encaja ni con mi personalidad ni con mi forma de trabajar.

Me imaginaba que un tipo con una escritura como la tuya no debe estar cómodo trabajando con plazos y eso

Claro, hay plazo y se entiende, para ellos que son un negocio y trabajan con productos el énfasis está en eso, y está bien, pero yo no me sentía cómodo. Hay ciertas cosas que se esperan de ti en cuanto prensa o difusión que me costaban mucho. Así que no fue una decisión difícil. Yo ahí estaba escribiendo Leñador [Orjikh, 2013; Fiordo, 2016] y tenía clarísimo que no lo iba a sacar con Alfaguara.

¿Fue el libro el que te dio esa certeza?

La tenía antes. A mí me da mucha claustrofobia no sentirme libre. Cuando estás con una agencia, publicar algo, republicar o que se te acerquen para traducirte son decisiones que deben pasar por ellos. Todo tiene que pasar por ahí, que es lógico, pero prefiero si tengo ganas de hacer algo, hacerlo nomás, sin intermediarios. Y claro, las editoriales grandes tienen esto de cuánto vende un libro, o qué libro vende más y a mí no me interesa

Scout (2016) circuló de forma gratuita, ¿qué te impulsó a publicarlo en ese formato?, ¿dónde se distribuyó?

Era un texto que escribí en poco tiempo, en unas 3 Semanas, y es una historia relativamente breve. Pensé que imprimirlo yo era una opción atractiva. No tendría que someterme a tiempos editoriales, podía bypassear todo el tema de derechos y prensa, no preocuparme de lanzamiento ni de platas. Lo distribuí gratis en librerías que me quedaban más o menos cerca, Metales Pesados, Qué Leo Forestal, Catalonia y Altamira. Ellos tuvieron la buena onda de permitirme dejar copias cada semana por un par de meses. La gratuidad fue por algo práctico, cobrar algo activa toda una burocracia comercial, entre lo que le corresponde a las librerías, IVA, y quién sabe qué más. Además a mí no me costaba casi nada, solo lo que salía papel de impresora, tinta y corchetes, y la pasé bien armándolo.

Me interesaba esa dimensión porque nuestro medio está formado por editoriales independientes, a esta altura ya se hace una autocrítica constante sobre el término, pero nos olvidamos qué tiene de bueno publicar en editoriales independientes. Ni hablar de algunos editores que piensan como holdings

Además hay muchas, yo estoy muy feliz en Fiordo. Primero porque le tienen mucho cariño a los libros y segundo porque hay cierta ventaja en no estar ahí, no estar presente en el lugar donde sale el libro originalmente. Si estuviese viviendo allá, sería buenísimo publicar en Santiago.

Fogwill decía algo así sobre Cohen, que estar en Barcelona volvía lenta la circulación de su literatura en el medio argentino, pero por otra parte le permitía elaborar una escritura muy particular.

Es que uno está más lejos del ruido directo.

Otra cosa muy notoria en tu biografía es esto de la investigación: ¿qué aspectos hay presentes de tus investigaciones sobre el sentido en Leñador y Ciencias Ocultas?

Es que las obsesiones que tengo desde joven son mayormente existenciales, la idea de certeza, de sentido o de verdad. Entonces siempre está esa lucha entre el lenguaje y lo que solamente se manifiesta en la experiencia. En ese sentido, por ejemplo, en el caso de Leñador se explora, el narrador más bien lo explora, esto de alejarse del ruido pero no caer en las trampas del lenguaje. Poder desacelerar la experiencia para poder experimentar la certeza que nunca se ha ido, que siempre ha estado ahí. Lo que pasa es que nosotros nos enrollamos, fabricamos dudas y queremos forzar el lenguaje sobre cosas donde no corresponde. Para mí Leñador tiene un acercamiento muy luminoso a eso. Yo creo que de cierta forma, ya pensando en retrospectiva, Ciencias Ocultas es un contra libro que levanta la misma idea, el lado quizás más oscuro de lo mismo. Ambos libros están enarbolando la idea de que la verdad o el sentido es algo que no está codificado, no está en el lenguaje, no está en la ciencia. Y claro eso está, está en El púgil, está en todos mis libros.

 
 

Eso se percibe a lo largo de tu obra, pero no lo explicás, uno piensa ¿cree en el sentido, no cree?

O sea sí, para mí el sentido, la verdad, abundan, el problema es que no de la forma en que creemos, no es algo que definimos, no es parte de una ecuación ni se somete a eso. Entonces siempre he tenido un rollo entre el ruido que me hace tanto el escepticismo radical, como el nihilismo contemporáneo que es todo el discurso posmoderno, que me parece demasiado facilista o incompleto. Que todo es lenguaje y por ende todo es un constructo. No, la experiencia va mucho más allá de eso.

En poesía está muy en boga esto, la producción poética joven está súper atravesada por esta poesía del lenguaje y termina siendo muy frívola. Y vos desde esta rigurosidad en el trabajo con el lenguaje hacés aparecer la emoción. Todo El púgil, el final de Leñador o Ciencias Ocultas son conmovedores.

Igual sí, hay cosas que puede hacer el lenguaje, te indica hacia dónde está la cosa, produce esa inercia que te puede lanzar y uno dice: «ok, ahora comprendo, es hacia allá». Pero no se puede llegar ahí mismo con lenguaje.

¿Con Ciencias Ocultas tomaste la decisión muy pronto de que fuera un solo párrafo?

Sí, escribí dos o tres páginas y me di cuenta que no lo había fragmentado, pensé que en realidad no era necesario. Si está funcionando así no voy a cambiarlo por las convenciones de la gramática con respecto al párrafo. Después pensé que tenía sentido porque todo es dentro de una sola habitación. Aunque tampoco es algo que analice tanto. Me di cuenta que funcionaba y le di en esa dirección.

¿Y la idea de llevar al protagonista de El púgil a los bosques en Leñador es algo que también surgió en el momento o apareció después para contener la narración?

También fue al comienzo, escribiendo los primeros párrafos breves aparece la idea de que se estaba escapando de algo, se me vino a la mente la guerra de las Malvinas, de ahí hice el link con el boxeador y pensé que era lindo que sea la misma persona, porque las preguntas son las mismas, pasa que la respuesta es radicalmente distinta. En El Púgil es vacío siempre.

¿Cómo trabajás estas estructuras tan largas?

Pienso en los libros como un lugar, entonces es ir y habitar el lugar y estar ahí. En algunos casos se alarga mucho como en Leñador, en Ciencias Ocultas no tanto, aunque es bien denso.

¿Hay investigación previa en ellos?

Nada previo, no planifico mucho lo que voy a escribir, me gusta saber un poco hacia dónde va, tengo que tener claro eso, como una especie de gravedad que te dirige. Debo tener claro eso pero tengo que estar obsesionado también. Y ahí mientras voy escribiendo, si necesito investigar algo, lo hago en el momento. Algunas historias lo necesitan pero la mayoría son inventadas, los objetos o las procedencias son inventados, vienen de una visualidad mental. Lo que sí hago es no escribir mucho en una sentada, a lo más una página o página y media. Ahí reviso eso hasta estar conforme. Entonces después hago una relectura donde los cambios son mayormente estilísticos y muy pequeños.

¿Y las descripciones las ensayás? Porque en algún momento aparecieron, en El púgil no estaban, por ejemplo.

No, de nuevo es eso de estar en el lugar, estar con el objeto, visualizar y empezar a trabajar cada faceta, cada matiz. Me gusta el efecto que tiene en mí al escribir, como que desacelera el tiempo. Cada objeto tiene una historia, cada aspecto de ese objeto está ahí de manera simultánea, entonces siento que puedo pasar horas en un instante, como que alargo el tiempo. Yo la paso bien así, de pronto el lector se aburre, pero tiene un efecto que a mí me hace sentido, se va dando sola la descripción, no pierdo la paciencia, disfruto de cada uno de los objetos que aparecen.

Para mí tiene incluso un efecto terapéutico, porque ante tanta cosa inmediata, estos libros te exigen otro tiempo.

Exige paciencia, los lectores están buscando eso. Porque todos estamos desarrollando déficits atencionales a partir de consumir pequeñas dosis de información, todo desechable. Entonces está bien que en cierto sentido el libro sea desalentador, así después de un par de páginas si no es para vos dejás el libro.

¿Lees poesía?

No tanto como debería. La semana pasada leí el libro de Juan Rapacioli, Vidrio [Buenos Aires Poetry, 2017]. Trato de leer cosas recientes, sin embargo. No tengo mucho tiempo, muchas de mis lecturas tienen que ver con mi trabajo en la universidad, entonces se me acumulan novelas y cuentos, siempre parto por ahí. Aunque esporádico, leo, no sé, hace poco estuve leyendo de Rokha, Bertoni, Julieta Marchant, Juan Santander.

¿Te gusta dar clases?

Sí, me gusta, la paso bien.

¿Son expositivas o hacés seguimiento de obra?

Siempre me he acercado al tema de las clases de una forma bastante simple, les doy lecturas y después llegamos a conversar. Ahí profundizo conceptos que también me interesan a mí y aprovecho ciertos textos para pensar. Entonces es una dinámica de conversación. Mi acercamiento a las clases es similar al de la escritura, tengo un concepto general de lo que quiero decir, de lo que quiero hablar y en el momento funciono mucho con la intuición al ver cómo responden ellos, estar atento a qué aspecto les interesa más y entonces vamos por ahí. La paso bien. Me quedé pensando en tu pregunta por la poesía. Y se me viene una laguna de nombres a la mente [nos reímos].

Te lo pregunté por Ártico, vos decís que es una lista, pero tampoco es que sea deliberadamente narrativo, entonces pensaba que quizás en ese momento leías poesía.

O sea tengo claro que tiene elementos poéticos, y también la forma, estamos como programados para ver en cierto tipo de disposición poesía. Pero para mí es sumamente narrativo. Aunque claro, cuando uno escribe aparece lo que uno tiene acumulado en la vida, todas las lecturas están ahí, presentes [hace un gesto como si estuviese a punto de ingresar al mar, un gesto de nadador que hace pensar en un ave enorme que pende detrás de él]. Pero en Ártico lo fundamental es el lugar, las lecturas están ahí de manera implícita, cocinando algo a fuego lento, lo que estaba ahí de forma explícita era Ushuaia.

¿Fuiste a un tipo de residencia o coincidió con otra cosa?

No, me arranqué. Se publicó... [agarra el libro que llevo conmigo y revisa en la solapa] se publicó en 2017, o sea que lo escribí en 2015. Recuerdo que fue un invierno particularmente cálido en Santiago y me sentí estafado. Tenía la idea, una idea muy vaga de lo que quería escribir y que tenía que ver con el frío. Y entre el sur de Chile y el de Argentina lo decidió una oferta aérea, así que me fui a Ushuaia y pasé como un mes del invierno allá. Después volví y lo terminé de escribir.

El link con Leñador es ineludible: ¿te interesa el frío como atmósfera? ¿Tiene que ver con tu infancia en EEUU?

Sí, yo nací en Missouri, donde nevaba mucho, y luego regresé a estudiar en Ítaca, al norte del Estado de Nueva York, cerca de la frontera con Canadá, donde en invierno hace 20 o 30 grados bajo cero. A mí me gusta el frío, me interesa también el tema de que es una temperatura que de a poco está desapareciendo. Me interesaba explorarlo. Hay algo en esa temperatura, algo de cierta lentitud, y eso es lo que busco también con las descripciones, desacelerar la experiencia. El frío lleva a la quietud y me interesaba por eso.

¿Crees que es posible hablar de un tema en tu literatura?

No suelo linkear los libros. Pero si hay algo es lo que hablábamos al comienzo, esa preocupación más bien sobre el sentido, eso está siempre, siempre estoy buscando eso. Cada libro se acerca a eso de forma distinta. Si hay algo que una los libros es eso, el sentido casi con mayúsculas, que no es cuestionable, ni siquiera es subjetivo.

¿Leíste algo reciente que te haya gustado? No interesado, sino gustado realmente.

Hace poco me tomé el tiempo de leer a Mariana Enríquez y me gusta mucho. Otro libro que todavía no ha llegado de Francisco Díaz que se llama En la colina (Candaya, 2019) me gustó mucho. El año pasado leí bastante a Cozarinsky, a Saccomano, a Rimsky. Pucha, el problema de empezar a enumerar es que quedan muchos afuera.

Igual mi pregunta era para seguir con los autores que realmente te gustan, a los que volvés cuando está podrido.

Bueno, los que están siempre presentes, vuelva o no son siempre los mismos. Roberto Arlt, en el caso de Ciencias Ocultas Lovecraft, Sherley Jackson, Flannery O’Connor, Cormac McCarthy  especialmente, ahí está todo el tema del vacío, esa lectura gnóstica que tiene del cosmos. Borges obvio, María Lusa Bombal. Oesterhel, El Eternauta cuando era chico me marcó tremendamente. Aunque el libro que configuró mi mapa mental son Los siete locos y Los lanzallamas [ambos de Arlt]. La pregunta central de la novela, de Erdosain acercándose a todo ese tema antes que incluso los franceses. Bueno y también mucha influencia viene de textos no literarios, filosóficos. Debajo de todo están Hume, Berkeley, Kierkegaard, Nietzsche, Wittgenstein, Heidegger. El escepticismo radical radical... [la repetición le da al primer término un valor que no tenía, léase esta respuesta como complemento de su crítica al escepticismo y al posmodernismo de más arriba] él fue el tipo irrefutable durante mucho tiempo, cuando cuestiona al yo y te ilustra toda la cuestión de que no puedes encontrar al pensador detrás de los pensamientos, desde ahí todo se empieza a disolver. Ese discurso empírico radical donde, desde su mirada, ya que la causalidad es metafísica porque que no podemos experimentarlo, hasta la ciencia se vuelve esotérica, el método científico no es verificable. La causa y efecto es una deducción... a mí me dio vuelta todo. Hume me destruyó todo el piso, ¿ahora qué voy a hacer?

¿Creés que tiene que haber algo en la formación de un escritor?

No, es que yo nunca he pensado en la escritura como un tema de formación, ni de oficio, ni eso de encontrar tu propia voz, yo no creo en eso. Para mí es súper simple: si tienes ese impulso, escribe. Si les gusta a los demás es aparte. Yo nunca estuve en un taller, me imagino que tienen su utilidad en el sentido en que te obligan a escribir, pero no creo en formas correctas de escribir, son ganas, es esa cosa adentro, es casi como estar enfermo.

RESEÑA

Ciencias Ocultas

MIKE WILSON

Fiordo

117 páginas


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Por MATÍAS ÁVALOS

Una obra de arte contemporáneo generalmente exige del espectador una atención extrema. Parado ente un círculo hecho de bolas de vidrio negro, en un suelo blanco en una exposición de Mona Hatum, por ejemplo, uno se aferra no solo al efecto visual sino al título, la biografía de la autora, su obra anterior, el contexto histórico, etc. ¿Esto el espectador lo hace para entender la obra o para apreciarla? ¿Apreciar una obra es entenderla o simplemente ser afectado por ella?

Con Ciencias Ocultas ocurre algo de mi ejemplo con Hatum. Mike Wilson (Misuri, 1974) entrega detalles «narrativos» mínimos al principio de un único párrafo de 117 páginas: un cadáver en el centro de una habitación rodeado de cuatro cuerpos: un costurero chino, una anciana fibrosa, una joven andrógina y un perro [lobero] irlandés. Es todo lo que el lector sabrá de boca del narrador durante el noventa y nueve porciento del libro. Así, el sentido es eso que hacemos cuando avanzamos en una lectura, es el acto mismo de avanzar, retroceder o detenerse: el pensamiento como una masa líquida, no un sistema de signos y símbolos previamente codificados por un autor que el lector [pasivo] debe decodificar.

Esto no quiere decir que no los haya. No los hay en los términos del habitual reparto jerárquico de papeles sensibles donde el intelecto dirige. Acá los aparatos sensibles deben trabajar al unísono en algo tan sofisticado como vilipendiado por la tecnificación del conocimiento: la intuición.

Wilson nos lleva del muerto a la alfombra sobre la que está dispuesto, no mencionando sino exprimiendo el objeto, y el que sigue, y el que sigue. Las descripciones no son solo sensuales, no todas quedan en la superficie; cuando hace falta el autor va al origen del objeto, a su procedencia, entregándonos datos muy precisos que uno empieza a intuir que «pueden servir», y que recuerdan a esas narraciones del policial, donde una porción de torta con una mordida podía  legar a significar que el muerto planeaba comer, es decir, no suicidarse, y abría el campo de  investigación hacia lugares insospechados. Lo genial de esto es que el autor no lo subraya, el tono es perfectamente homogéneo, no utiliza un universo lexical distinto ni demora más o menos algunos datos. Es el lector quien termina haciéndolo ¿Para qué? No se sabe, todo el tiempo se está en la sospecha de que las pistas recopiladas no servirán para nada, porque aparecen nuevas: si todo es pista entonces nada lo es. Por ahí está la clave. En algún momento de la novela aparecen inscripciones, anotaciones nerviosas en hojas abolladas [el narrador tiene el tipo de enfoque  utilizado en Enter the Void por Gaspar Noé] que dialogan con otras inscripciones en mapas previamente descritos: «A la vez se pregunta qué hacer si se perciben elementos del crimen que no son cifras». Concluye que de ser así no habría cómo igualar la ecuación, que perduraría el desequilibrio, dice «Aquello que no es cifra se comportaría como un virus en las matemáticas del asunto, sin cifras (exclusivamente cifras) se cae el otro lado de la balanza». Cierra con otro dilema, una imposibilidad, se pregunta cómo descifrar un enigma cuando se han colado aspectos no detectables, cosas que no se someten a códigos. En otro retazo dice «El caos verdadero es por su propia naturaleza categóricamente inordenable, nombrarlo es en sí no comprenderlo y asimismo no comprenderlo es la única alternativa posible».

En una sociedad de consumo tan veloz como superficial, donde tiempo y sentido son tratados de la misma forma, Mike Wilson construye un bunker de paciencia, haciendo de la lectura una  experiencia de recompensa performativa.

RESEÑA

Ejercicios para leer Ciencias Ocultas

Por CYNTHIA RIMSKY

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Busco la novela en una bodega de San Telmo, a la que se accede por una puerta blindada. Hace frío. No está lleno de cajas, pero solo hay cajas. En cambio, en la habitación donde transcurre Ciencias Ocultas hay una anciana, un chino, una andrógina, un perro y un cadáver fresco. Es inevitable preguntarse por qué están ahí, qué ocurrió, cuándo vamos a saberlo. Es inevitable creer que hubo un crimen y un o una culpable.

Desconcierta radicalmente que el narrador oponga a la curiosidad del lector, descripciones de los objetos que se hallan en el cuarto, objetos anacrónicos, exóticos, circulan sinfín, nos marean. Da la impresión que el narrador busca recuperar la materialidad perdida por el lenguaje, sin embargo,  hay algo que no calza entre el bisel y su nombre, el pie redondeado y su nombre, el sapo verde y su nombre, la moneda y su nombre: es la escena de los cuatro con el cadáver fresco.

Piglia dice que el enigma es, incluso por etimología, dar a entender, es decir, la existencia de algún elemento—puede ser un texto, una situación— que encierra un sentido que se puede descifrar. En vez de buscar al asesino, el arma, el móvil, hay que buscar como el detective rojo de Borges, un sentido. El método sería el desciframiento. Pero el libro se resiste, al detective opone el Astrólogo, un especialista en dejar pistas falsas y distracciones.

Mientras levanté los ojos del libro, en la habitación continúan apareciendo descripciones de animales mitológicos, cazadores, cenizas, castillos, la sombra de algo, una impresión oscura en el tejido, cenizas, un rastro o cicatriz, cenizas, ciertas sectas que piensan las escrituras como una revelación, cenizas. ¿Y si la descripción pormenorizada tiene por objeto desarmar el automatismo con el que pasé irrespetuosa desde la bodega a la calle, al libro, sin quitarme el sombrero?

Los hermenéuticos construyeron barreras para que lectores como nosotros no podamos descifrar los misterios de las escrituras si no estamos preparados. El narrador de Ciencias Ocultas advierte sobre algunos de los peligros que acechan a los lectores inexpertos o literales, menciona la presencia de algo malévolo.

El bus que tomé en Buenos Aires llega tarde al terminal de Luján, quedan algunos rezagados, personas que duermen en el pavimento o de pie, ha llovido la mayor parte del día. Subo al bus que va a Giles, inmediatamente nos hacen bajar para cambiarnos a otro que, según el cartel, no va para allá. Entramos sin pagar. No quedará constancia en la máquina de este viaje. Dos personas que se sentaron separadas en el bus correcto comparten asiento en este equivocado. Alguien a quien no veo viaja detrás mío. Contra la costumbre, el chofer deja las luces del pasillo encendidas. Siento la tentación de buscar en la web los nombres de las deidades, las sectas, los animales mitológicos que habitan la habitación con los cuatro y el cadáver fresco, por si son pistas para resolver el enigma, pero no hay señal, por la tormenta.

Desde Giles todavía me quedan doce kilómetros al pueblo en el que vivo. La mención de lo familiar me da esperanzas, no puedo estar lejos. Las luces del bondi se apagan. Recuerdo haber leído en una entrevista que en un momento Mike Wilson quiso alejarse de la narrativa, lo que escribía le sabía a parodia, no había verdad, no le encontraba sentido. Los pasajeros que se sentaron juntos se bajan separadamente, el conductor enciende la luz. Aparecen las partes que subrayé, círculos, recordatorios, observaciones, comentarios, citas de Piglia, la carta en la que Rilke le exige al joven poeta que pase una noche junto a un cadáver, Sueños de Walter Benjamin.

Como si el narrador de Ciencias Ocultas me estuviese viendo, se ríe. Menciona a los doctos que, víctimas de su propio entusiasmo, no pudieron resistir la tentación de subrayar y anotar cada línea. «La interpretación no es la forma para hacer calzar las piezas», advierte. «Falta una que otra estrella, o sobran, a veces los ángulos no son del todo correctos, las líneas imaginarias fuerzan constelaciones que uno conoce por la fuerza del hábito…» Me pide que para seguir leyendo me suelte de los andamiajes de la familiaridad y deje de imponer los mapas de la memoria… El análisis duro tiene sus límites, los enigmas no se están dejando ordenar, el caos se cuela, la razón no da abasto, el afán de descifrar es en sí un mecanismo de la razón que no sirve para estas cosas. Lo dice con todas sus letras: lejos estoy de comprender si uso únicamente la razón.

Pero, quién es este narrador, cuál es su autoridad. El primer signo de su existencia material aparece en la página 57: «Si uno volteara el pliego». Quién es ese uno. Pienso en el marinero de Las tres coronas del marinero de Raúl Ruiz, alguien que, acuciado por la pérdida de sentido, cruzó al otro mundo, estuvo con Gengu, con Canis antes de que fueran catalogados por un paleontólogo; alguien que llegó al fondo de un océano muerto, y vuelve como un fantasma a contarnos lo que encontró allá con la intención de llevarnos a ese lugar que aparece al dar vuelta el pliego. Es el narrador universal de Poe, de Hawthorne, de Bradbury, Goyem, es Zama, Avicena,  los hermenéuticos, las sectas, todos los que se atrevieron a leer profundamente, y  experimentaron «la desorientación, la disonancia mental, el error… que renunciaron a encontrar la verdad, a resolver el enigma».

Me alejo de Ciencias Ocultas para ir a la huerta. Ayer mi pareja descubrió en un tutorial que el  puerro desarrolla más su parte blanca comestible, si se lo va cubriendo con tierra a medida que crece. Anteayer llovió, mis manos quedan con barro. Observo los pequeños volcanes que construí: lo que ocurre al interior, es imposible de ver. ¿Acaso no es lo que hace Mike Wilson en Ciencias Ocultas? En vez de buscar el sentido que perdió al escribir, construye una narración sentida, que siente.

Las vidas del joven Goodman, la joven raptada por los mojave, los integrantes de la secta que se quemaron en el granero, Bel y el dragón, el Profeta, el barco fantasma norceoreano, me hacen recordar un diario de vida de tapa roja, unas letras grandes y en desorden. Tengo 12, 13 años, acabo de leer Alsino de Pedro Prado, estoy conmovida, remecida, dislocada. No de la forma cómo conmueve una historia leída, sino vivida. En esas letras corridas por las lágrimas prometo dedicar mi vida a luchar para que haya justicia y otros como Alsino no sufran por su diferencia. A los 12, 13 años creo que este niño que transforma su joroba en un par de alas con las que asciende al cielo y se quema, existe. Leo como si estuviese ocurriendo, la escritura adquiere vida, se hace material, se transforma en verdadera. «Quizás todos los dragones de nuestra vida son princesas que esperan sólo eso, vernos una vez hermosos y valientes. Quizás todo lo espantoso, en su más profunda base, es lo inerme, lo que quiere auxilio de nosotros», escribe Rilke.

Vuelvo a bajar la cabeza hacia el libro y ocurre lo maravilloso. Las descripciones que antes hicieron de barrera ante mi razón se abren para mi emoción, se tornan narraciones de una belleza conmovedora que me envuelven y me arrastran en su vorágine. Leo en Ciencias Ocultas todos los libros que me hicieron dudar, leo como si el joven Goodman, la joven raptada por los mojave, los integrantes de la secta, Bel y el dragón, el Profeta, el barco fantasma norceoreano estuviesen vivos, materialmente vivos y verdaderos, y cuando el narrador me hace ver que los cuatro y el cadáver fresco pueden ser un dibujo, una mancha en el tapiz, no le creo. Lo veo.

Lo que Mike Wilson hace en Ciencias Ocultas es construir materialmente un camino, a la manera de los antiguos, para que con temor y reverencia nos acerquemos al misterio, al abismo, a las preguntas. Nos devuelve a ese umbral que creímos tocar en las lecturas, como cuando éramos niños y el mundo nos parecía incomprensible, antes que creyéramos que podíamos ordenarlo, disciplinarlo, encerrarlo en una tarjeta de crédito, en un saber; antes de convertirnos en cínicos.

En momentos, como los actuales, en los que el lenguaje se adelgaza hasta convertirse en pura literalidad, Wilson construye un enigma que no se disipa, que se hace más y más confuso. Cuando termino el libro siento la necesidad de salir a caminar, como hace tiempo no me ocurría. Miro las calles del pueblo como una joven que vuelve a la civilización tras haber sido raptada: una mirada desenfocada que no ve, como la de un ciego, y otra mirada que ha visto y entiende cosas que son inefables, secretos que pertenecen a este mundo, que aguardan en los espacios entre los espacios. Me viene a la mente una cita de Aira que habla de saltar hacia lo real. Creo entender que se refiere a cómo la escritura modifica lo real, cómo lo hace estallar, lo trastoca, porque basta con que  leamos mal una letra, para que lo real se desordene, para que el caos se cuele.

Ciencias Ocultas es una forma de leer junto al enigma, en la misma habitación.


(Publicado en la edición de agosto 2019)