Reseña

CESTO DE TRENZAS

NATALIA LITVINOVA
Edícola
59 páginas

POR MATÍAS ÁVALOS

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Primer comienzo:

Las representaciones verbales -palabras- dotan de sentido a las no verbales -imágenes- dice más o menos Freud, en “La interpretación de los sueños”. Esa constatación nos sirvió como herramienta para pensar el mundo durante gran parte de los 118 años que nos separan de ella. Pero decir que, por estar sobrecargado de imágenes, nuestro mundo actual no tiene sentido, es una desmesura de nostalgia totalmente errada. En todo caso las imágenes fueron las que mejor se adecuaron a las condiciones materiales de la llamada era de la comunicación, que no es más que la victoria por afano del capitalismo sin ética.

Segundo comienzo:

“Cesto de trenzas” es el quinto libro de la poeta y traductora rusa Natalia Litvinova (1986). La diferencia que ubica el lingüista peruano Mario Montalbetti entre las versiones en ruso e inglés del poema “A polar explorer” de Joseph Brodsky (economía de monje en el original ruso, adjetivación explicativa en la posterior versión inglesa) no pasa en este libro; la autora logra en español esa contundencia de frase corta como hachazo bien dado. La atmosfera, la ética, los colores y olores nos llegan directo de un lugar que, intuimos, no queda cerca, es frío y  “Las mujeres se agachan / y se enderezan / cada una a su ritmo, / como teclas / de un instrumento / que alguien aplasta / con los dedos. / Filas de mujeres / de falda / y botas de goma / desentierran / tubérculos. / Es la danza / para no morir / de hambre, / dicen y se ríen. /Las raíces chillan / cuando las separas / de la tierra.”

Los adjetivos, que no abundan y tal vez a su escasez se pueda atribuir el tono, no describen sino que nombran los estados de los sujetos. De la misma manera, las imágenes que en otras poesías están en función de los tropos, es decir de las figuras retóricas que se ponen en nombre de otra cosa, que quieren decir algo más, acá son acción, están en presente: “El caballo relincha / parado sobre las patas traseras. / Le pregunto a mamá / por qué apagaron las velas / y dieron vuelta los espejos, / responde / que en la tradición / eso se hace / para no molestar / a los muertos”. Ese caballo relincha en el momento en que la voz habla con su madre, no como ejemplo, no como metáfora, lo que me lleva a retomar el primer comienzo.

Primer comienzo, continuación:

“Cesto de trenzas” es el texto curatorial de las fotos que la autora no tomó en Bielorrusia, pero que trajo en el lugar donde en general hacen sus imágenes los fotógrafos (y, por su puesto, los poetas), antes que la cámara el ojo y antes que el ojo el alma, o esa forma más débil pero políticamente correcta de llamarla, la mente.

En todos los poemas del libro hay anclada una fotografía, un punto de tensión que a diferencia de la foto, que somete al ojo con su fuerza centrífuga, desprende de manera centrípeta sentido, un ovillo de sentido en cada poema del que la poeta tira y quedan dispuestos en la página con formas de verso corto.

Hay algo de sujeto colectivo, lo que le pasa a la voz que escribe le pasa al pueblo; las maldiciones, el hambre, el peligro se sufre en comunidad a la vez que individualmente. En un poema, cuando la madre busca agua, se agacha frente al pozo, hace “caer la voz / y el pueblo la bebe”. En otro, un curandero le recomienda que busque en su almohada y queme lo que encuentre para curarse del mal de ojo, ella lo hace, esparce las cenizas en el cruce de los caminos y los cuatro vientos extienden su maldición sobre el pueblo. Tal vez el ambiente agrícola posibilita eso. Las mujeres, que trabajan juntas, comparten un saber colectivo, como en el final de la serie The Handmaid's Tale, en el que colectivamente salvan a una niña del fascismo radical; acá la salvación es la compañía y la precaución, salvarse depende de no confiar y “estar alerta / ante la belleza de los días”, el saber colectivo como consecuencia del trabajo, como en un poema donde una manada de osos baja hacia ella pero ella no tiene miedo, “desde hace siglos / hacemos nuestra ropa / con sus pieles”; una motosierra, post fetichización hollywoodense, es sinónimo de peligro, pero para el leñador no es más que su herramienta de trabajo.

Segundo comienzo, continuación:

La figura de la caza explica el fenómeno de los adjetivos, el de las metáforas, digamos su falta.

En “Cesto de trenzas” hay cadáveres, y lo que diferencia a los humanos es su relación con ellos. Los hombres le dicen cena a algo que está todavía vivo, la autora aprende a aumentar la vigilancia para que no le pase lo mismo que a un cerdo que mataron y cocieron frente a ella. Sin embargo sale de caza con la madre, que se concentra y dispara: «Yo soy la presa / y el disparo / me libera, / dice.”

Pero no es esa diferencia ética lo que explica la particularidad formal del libro, su sensación de realidad (y no de realismo). Son literalmente los cadáveres, las fotos de los cadáveres, el cerdo trozado frente a ella, la liebre colgando de un saco de cuero, los osos que serán pieles son las fotos que no necesitan figuras retóricas y que por estar vaciadas del sentido anticuado de las palabras, que dicen siempre lo mismo, pueden sobrevivir al tiempo.

Final:

El libro, que se suma al sólido y coherente catálogo de Edicola, da la sensación de haber atravesado una experiencia (cruzado un río, un bosque), hay algo físico que se queda pegado al cuerpo. En una entrevista aparecida en el anterior número de Grado Cero, el poeta César Cabello me dijo que en Chile no muchos saben nombrar el dolor, que la mayoría de nuestros jóvenes países fueron despojados de ese recuerdo del dolor que sintieron nuestros desaparecidos antepasados. Pienso que la autora lo logra, “un dolor antiguo / actúa en el organismo” de estos poemas. Quizás eso se nos pega, una experiencia en la cuál dolerse entre tanta compra-venta de sedantes.

Natalia Litvinova usa la estrategia de las imágenes para producir una poesía que nos sobrevivirá como sobrevive la sabiduría colectiva de los pueblos que no olvidan, porque como dice en alguna parte Malévich, incluso cuando venga el fin del mundo, lo último que quedará será la imagen del fin del mundo.

(Publicado en la edición de noviembre 2018)