Reseña

CÁTEDRAS PARALELAS

ANDRÉS GALLARDO
Overol
128 páginas

POR HUGO HERRERA PARDO

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“Lo que me gusta de Chile es esa manera tan especial que tenemos de hablar los chilenos y que muchos creen que viene de los años de la dictadura, pero yo sé, porque viví aquí, que antes de eso también era así. El hecho de que los chilenos a veces son capaces de hablar sin usar ni verbo ni sujeto, o usan los verbos y el sujeto desplazado, lo que hace que hablen horas y no se sabe de qué. (…) Esa manera incierta de hablar, que hace que todos los chilenos hablen como en las obras de Samuel Beckett, es interesante (…) Todo chileno habla exclusivamente entre comillas (…) Se empieza una frase y se termina con puntos suspensivos, se empieza otra y otra y lo que pasa es que la gente está hablando con tres discursos paralelos, y pasan de uno a otro como en una fuga de Bach y no dicen nada. Y, entremedio de todo esto, dicen contradicciones y constantemente están metiendo chistes que lo anulan todo” (Raúl Ruiz, “Ruiz”, Pág. 201-202. Cursiva agregada)”.

En una novela que hace del desvío y del trabajo velado del habla, y por ende de las relaciones sociales que en ella se advierten, un recurso central, no asoma como extraño comenzar su comentario indirectamente, mediante una cita. Extraída de una entrevista (es decir, palabra hablada), su autoría es de Raúl Ruiz, una de las figuras más discernibles que hizo del habla de los chilenos un problema estético, a partir del trabajo con varias de las operaciones descritas en el pasaje anterior: la sintaxis desplazada, la manera incierta de hablar, el hablar entre comillas o con puntos suspensivos, el anular o contradecir lo dicho mediante chistes o mediante el reducir la lengua a una pura redundancia, o finalmente, el generar varios discursos paralelos que circundan un habla que puede ser mayormente descrito por medio de figuras geométricas complejas, como el movimiento helicoidal o las curvas alabeadas. Varias de estas operaciones sobre la lengua se encuentran presentes y motivan las acciones de “Cátedras paralelas”, primera novela de Andrés Gallardo, publicada originalmente en 1985 y reeditada este año por Ediciones Overol. Algunas de las caracterizaciones que este habla helicoidal recibe en la novela son las de “plática sesgada”, el proferir “enunciados generalizadores que no comprometen mayormente”, “entonación monótona” o no “hablar derecho”, ya sea por incapacidad o por el mero gusto de hablar torcido, de torcer la lengua.

Es este hablar helicoidal lo que moviliza las acciones de la novela, las cuales se asemejan así a una sátira paródica. Un profesor universitario de teoría literaria, Juan Pablo Rojas Cruchaga, más conocido como Rojitas o Rojascruchaga, es despedido de la universidad. Las razones no son esclarecidas del todo durante gran parte del relato, quedando desviado y entrampado su conocimiento en un circuito que incluye a la madre de la pretendiente de Rojitas, a profesores, al administrador, al director, al encargado y luego todo en reversa, relaciones por cierto posibilitadas por otros desvíos: familiares, amigos o simplemente conocidos en común. El despido, al fin y al cabo, se explica mediante otro desvío: como la interpretación mal intencionada de una paráfrasis realizada al interior de un ensayo publicado por Rojitas. Una paráfrasis —la que incluso explica el apodo de “Rojitas”― que es descontextualizada en un solapado marco referencial que alude a la dictadura y que al ser recontextualizada, tras atravesar una vez más el circuito antes descrito, permite el retorno del protagonista a la universidad. Previamente, en su forzado desvío existencial para sobrevivir, Rojitas había fundado un taller de semiótica para “patanes del mundillo de la cultura” y, tras su fracaso, había intentado revitalizar una vieja chacra familiar en Rinconada de Tromén.

El despliegue de la ironía en “Cátedras paralelas” se establece no tanto a la manera tradicional del funcionamiento irónico, esto es por medio de un contraste semántico, una superposición entre lo que se dice y lo que se significa, sino que sobre todo en la dinámica de enmascaramiento, de disimulo —de eironeia en su etimología griega―que marca aquel contraste. Un aspecto clave en este entramado irónico es el narrador, caracterizado por la distancia con respecto a lo que cuenta, lo que hace aún más ridiculizante la evaluación peyorativa de las acciones y su correlato con la historia, el lenguaje y las relaciones sociales tendenciales de este territorio. No obstante, con las variaciones y desvíos de las condiciones históricas, y por ende de las condiciones de lectura, algunas convenciones sociales trabajadas por la novela han perdido efecto, como los chistes sexistas. Otras, por el contrario, parecen haber ganado potencia, como la sátira al mundo universitario, aquel ambiente en que “los pequeños odios, las pequeñas venganzas personales cuentan más que los grandes principios”.

(Publicado en la edición de noviembre 2018)