LIBRES CREADORES

BEATRIZ

VICTORIA HERREROS SCHENKE
Signos
58 páginas

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SOBRE LA AUTORA:

Santiago, 1988. Gana el primer lugar de los Juegos Florales de Poesía Mil Tambores de Valparaíso el año 2016, ciudad donde también colaboró con la revista “Puerto Poético”. Ha participado de las antologías “Usurpaestado” (Conunhueno, 2016), “Inframundo” (La Gorra, 2017), en la antología dominicana “Muñecas” (Rosa Fucsia, 2017), y en la compilación rumana “Vertebral” (Horizont Literar Contemporan / Signos, 2017). “Beatriz” es su primer poemario.

Moira


Y mi madre tenía los ojos azules del cielo,

criaba hortensias, y plantaba niños,

bien enraizados de porvenir,

que a veces se nos vienen más encima, que abajo,

sus manos eran retoños,

y sus palabras brotes y hojas secas,

que nos regaban las vértebras,

para crecer derechos y estoicos,

como un árbol milenario,

viendo envejecer los años.

A mi madre la llamaron Moira,

y la bautizaron su nacimiento con la muerte,

que no era la propia,

pero se le encadenó umbilicalmente a las entrañas,

como un nudo ciego,

aguardando ahí mismo a la última que de ellas saliera.

Por eso, ese día,

sus ojos se azularon más que nunca,

y más que siempre

aquel en que buscó con la mirada, allá arriba lejos,

a la menor de las hijas,

a pesar de haberla alzado desde un infinito amniótico,

y sostenerla entre sus brazos,

quieta, callada, absorta.

Desde entonces,

se detuvo el futuro, ése,

del que tanto nos hablaron

la tierra se torna placenta que no nutre,

los árboles no son más que frenéticos esqueletos,

y mi madre tiene los ojos más azules que el cielo.

Eco


Hoy, he escuchado nuevamente tus pasos ligeros,

sin materia

un eco lejano, apenas audible,

la remembranza misma de los que no están.

Hazme el favor de no andar reverberándote en las esquinas,

la muerte nos mira con un solo ojo,

la noche se oscurece a discreción,

la resonancia lábil del que no quiere partir,

es cosa de otros muertos.

Quizás, después de todo,

el sonido que encuentra su rechazo en el muro de concreto

sea yo,

y me cuelo por los espacios mal terminados,

que de esos tengo tantos,

tantos,

que en la suma de mis partes, y en el orden final,

no alcanzo a distinguir lo que resulta,

porque aún no aprendo a ser lo que soy.

Hazme el favor de no andar reverberándote en las esquinas,

mi memoria nunca ha sido frágil,

el pasado existe porque lo recuerdo,

a cada segundo que pasa,

me desprendo de un cadáver de mi misma,

cada uno más descompuesto que el anterior

la vida es una batalla constante contra la putrefacción

pero a todos se nos acaban

los cuerpos que vamos diseminando por ahí,

y el último que queda, se entierra.

Grito


Proferimos la perturbación del aire,

la noche grazna malos augurios,

un huelco sobrevuela en círculos

describiendo parábolas rapaces,

contigo entre los dientes,

somos carroña a medio depredar,

cuerpos curtidos en cicatrices,

como papeles blancos en la piel,

prueba irrefutable

del desesperado intento por conservarnos.

Le cantamos agonía,

a las horas previas a tu desenlace,

los globos oculares orbitan

en las cuencas vacías del cráneo,

no terminamos nunca de sacarnos los ojos,

somos ciegos,

ciegos que gritan, gritan

y siguen gritando,

muertos de impotencia,

pues no existe mejor manera de gritar.

Esquizofrenia


Y ahí vamos por la calle,

cada quien con su propia esquizofrenia,

señalando direcciones en sentidos opuestos,

atrás, atrás, adelante,

pasado, futuro, inciertos.

Aveces, mi locura ocurre,

cuando todas las que me habitan,

y yo,

pensamos que tu paso fue efímero,

que podría ser mentira,

y que cabe la no tan remota posibilidad,

que después de todo,

no venga nada,

ni siquiera Dios se salva del fin.

Y perdóname si no te llevo flores,

es que últimamente

no me permito convertirme en espectro,

los cementerios son ciudades fantasmagóricas,

donde el alma en pena es uno.

Pero mi esquizofrenia consiste

en verte después de cada vigilia

y en narrarte la vida después de ti,

porque no me puedo olvidar de tu primer llanto,

todavía no termino de darte las buenas noches,

y no sabes cómo envidio al último que escuchó tu risa,

y cómo lo compadezco.

Exilio


Te llamé por tu nombre.

te busqué en la que eras,

te nombré por la que falta,

te pensé ausente

te observé inmóvil,

te peiné niña,

y te trencé cadáver, las hebras se me desprendían de los dedos,

los dedos se me anudaban,

nunca más los reconocí,

me supe sin esqueleto,

una estructura muerta, posada en los alambrados

junto a los zorzales de la tarde.

Tú y yo fuimos unas,

ahora somos otras, ninguna regresó.

(Publicado en la edición de noviembre de 2018)