Reseña

AGOSTO

ROMINA PAULA
Elefante
177 páginas

por PRISCILLA CAJALES

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Siempre me ha parecido imposible la costumbre de usar audífonos para caminar por la calle o andar en micro. En cambio, prefiero escuchar el ruido de los motores, del acelerador, agudizar el oído ante una conversación dos asientos más allá, observar el movimiento de los pasajeros, su soltura. Algo así pasa con la lectura de Agosto, la segunda novela de Romina Paula, escritora y dramaturga argentina. Se escucha a través de la novela la voz de una mujer joven que le habla sobre una vuelta al lugar donde nació y creció a su amiga muerta hace años. Este interlocutor imposible permite darle al pensamiento un norte, un orden, una matriz.

«Algo como que quieren esparcir tus cenizas; algo como que quieren esparcirte». Agosto comienza con esas cenizas de Andrea, la amiga; ese tú está en riesgo de ser sometido a tomar otra forma, una vez más, de dejar de estar en un solo lugar y a pasar a ser parte del paisaje. Y la amiga que va a presenciar ese nuevo cambio, y que en ese tránsito se somete al pasado y a la falta de sustancia del presente.

Viaja a la Patagonia argentina en agosto, se somete a ese descampado que es Esquel, la ciudad ¿pueblo? donde creció y ese viaje a la infancia no es lo que se añora, hacia el meollo de algún asunto como suele ocurrir en novelas que trabajan este tópico. El viaje de Emilia es el que se hace en una revisión exhaustiva frente al espejo, en donde se mira con atención y sin asco, pero este no es un espejo, es una amiga muerta. Parece que la muerte no merece atención en Agosto, no se sabe si fue un suicidio o una enfermedad, pero la amiga ya no está y ella le habla como un autómata, de todo, menos de la muerte.

Pero habla de la muerte de otros, de la muerte de Rachel, asesinada y torturada por su familia en el Reino Unido; habla de la muerte de Tammy, a quien su novio y su hermana mataron a modo de regalo de navidad, de la hermana practicando sexo oral a su novio vestida como Tammy. A Emilia estos relatos le sirven como le sirven los sueños con ratas, como la rata que se adueñó de su cocina en un cada vez más lejano Buenos Aires. Y es que estos símbolos circulan por la narración, o mejor aún, operan como amplificadores de eso que la protagonista no quiere decir, porque aunque usa esta segunda persona para atraernos a esa conversación que escuchamos mientras vamos sentados en la micro, guarda silencio sobre esto otro que circula en otro ámbito.

En cambio nos habla del amor, del encuentro con un novio que también opera como catalizador para no hablar de eso que fue a hacer a Esquel, de lo que se esconde tras las opciones de dejarlo todo o volver a su vida en la capital. Todo rodeado por esa aura de quienes crecimos en los noventa: la música, una película grabada en un VHS sobre un capítulo de Los Simpson. El marco de las referencias de esta novela está impecablemente construido, le da cuerpo a un sujeto que camina por un siglo veintiuno que lo ve como fuera de lugar, y por un pasado que no tiene intenciones de nada, pero que resiste como un árbol enraizado en medio de la pampa.

(Publicado en la edición de marzo de 2019)